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Arte Pastoral

¿Cansada de intentar levantar un ministerio de mujeres?

2 febrero, 20101070 visitas

«Pero si es muy fácil crear una comunidad en el ministerio de mujeres; ellas se relacionan tan bien».
Ese comentario de un colega masculino refleja una falacia penetrante. Si bien las mujeres generalmente son más sensibles y se expresan más que los hombres, una de nuestras más grandes luchas en el ministerio es poder desarrollar relaciones que fomenten una comunidad verdadera. Recientemente, nuestra iglesia planeó un retiro para un fin de semana, pero muchas mujeres no se inscribieron porque, como nos enteramos más tarde, no sabían quiénes iban a ser sus compañeras de habitación. Algunas de estas mujeres habían estado en la iglesia durante más de diez años. También he conocido mujeres que han querido abandonar un evento simplemente porque su única amiga no pudo asistir.«¿Qué harías si perdieras tu empleo mañana? ¿Cómo te sentirías con respecto a ti misma? ¿Jesús sería suficiente?» ¿Por qué las mujeres, que parecen ser tan sociables, no se sienten cómodas en una comunidad? ¿Y cómo podemos superar esos sentimientos en la iglesia?
«Ella es mejor que yo…» Un grupo de madres de nuestra iglesia se reunían para tomar té y conversar. A medida que avanzaba la tarde, Telma empezó a enojarse más y más con su estilo de vida. Criar a dos niños pequeños prácticamente la dejaban sin tiempo libre para ella. Telma se sentía más frustrada conforme escuchaba a Wendy comentar acerca de su nueva libertad ahora que sus hijos iban a la escuela. No encontraba tiempo para leer libros. Ni siquiera podía recordar la última vez que había disfrutado un día solo para ella. Más tarde, Telma me confesó que ya no quería reunirse con las mujeres.
Las mujeres se ven tentadas a comparar sus periodos de vida, hijos, cortes de cabello, trabajo, educación, casa —cualquier cosa— y cuando caemos en esta trampa, siempre surge la idea de que las otras son mejores. Entonces tendemos a distanciarnos de aquellas con quienes nos comparamos.
«No encajo porque…» Como soltera, a menudo asisto a grupos donde soy la única que no tiene pareja o hijos. El hecho de que llegue a disfrutar de una comunidad depende, en parte, de si enfatizo la idea de que soy diferente; en ese caso, no guardo nada en común con esas personas, o si permito que el Espíritu Santo me llene de su amor para que pueda concentrarme en los demás.
Si le damos cabida a la insatisfacción, entonces, siempre encontraremos algo que nos separe de cualquier grupo.
«No sé si puedo confiar en ti…» Susana entró a nuestro grupo pequeño con «los guantes puestos». La relación dolorosa de Susan con su madre y con otras amigas en el pasado la había llevado a creer que no podía confiar en ninguna mujer. Sus esquivas respuestas sofocaron a todo el grupo. Nadie se sentía con libertad de compartir más allá de la charla superficial.
La mayoría de nosotras podemos recordar algún momento en que alguien ha traicionado nuestra confianza. Cuando nos aferramos a esas heridas, tratamos de protegernos, y este temor crea una distancia.
«No puedo evitar la competencia…» Linda y Juana formaron parte del mismo grupo pequeño por varios años. El grupo oraba todas las semanas para que el Señor les diera niños a Linda, de treinta y dos años, y a Juana, de cuarenta.
Recientemente, Linda se enteró de que estaba embarazada y no podía esperar para contarle al grupo. Sin embargo, quiso ser sensible y le contó primero a Juana. Esta realmente se alegró por Linda pero con el tiempo se retiró del grupo. El grupo percibió la tensión de inmediato.
Cuando competimos de esta forma, permitimos que las bendiciones de Dios para otras personas nos devasten.
«No puedo compartir quien realmente soy…» Julia trabaja duro en numerosas áreas de ministerios de mujeres. Parece que lleva todo bajo control, y es una cristiana bastante comprometida. En su grupo pequeño, sin embargo, Julia es más reservada. Ella pide que oren por otras personas pero nunca pide por ella. Muchos conocen el trabajo de Julia, pero pocos conocen su corazón.
Muchos como Julia nunca abordan asuntos del alma. Muchas mujeres se preguntan: Si comparto mis luchas reales, ¿me aceptarán los demás?
Cómo superar estos desafíos
Ya sea que hablen frente a un grupo de hermanas, creen un nuevo ministerio, o compartan una petición personal de oración, las mujeres pueden aferrarse a su necesidad de mantenerse cómodas. Mi respuesta natural como líder es propiciar que se sientan «bien y cómodas».Le recordé que el Espíritu Santo le daría las palabras para hablar. Karen dejó sus temores de lado, y hoy, un año después, muchas mujeres todavía comentan acerca de cómo su testimonio las afectó. Pero eso tan solo podría llenar el tanque de sus inseguridades y servirles como escudo ante una comunidad verdadera.
Le pedí a Karen que hablara en un grupo de estudio bíblico acerca de la esterilidad y cómo ella vio a Dios trabajando en su vida.
Karen cuestionó mi juicio: «¿Cómo puedo compartir algo tan personal con tantas mujeres? ¿Cómo me recibirán? ¿Y qué hago si empiezo a llorar?»
Le pedí a Karen que orara al respecto y le recordé a todas aquellas mujeres que enfrentaban luchas similares y que necesitaban palabras de aliento. También le recordé que el Espíritu Santo le daría las palabras para hablar. Karen dejó sus temores de lado, y hoy, un año después, muchas mujeres todavía comentan acerca de cómo su testimonio las afectó. Además de desafiar a las mujeres, trato de ayudarlas a encontrar su verdadera identidad en Jesucristo. Muchas de ellas se sienten a menudo como si necesitaran mantenerlo todo bajo control.
Sandra, una exitosa empresaria, me dijo que quería crecer en Cristo. «Soy una buena persona» —me aseguró en nuestro primer tiempo de discipulado. Oculto detrás de sus palabras había un sistema de creencias que equilibraba su identidad con el éxito. A medida que nos reuníamos regularmente, empecé a analizar la identidad de Sandra: «¿Qué harías si perdieras tu empleo mañana? ¿Cómo te sentirías con respecto a ti misma? ¿Jesús sería suficiente?»
Sandra lentamente empezó a dejar su falsa seguridad. Actualmente, ama más a Jesús por devoción que por deber. Todavía es bastante exitosa, pero eso ya no ejerce el mismo poder sobre ella como antes. Ahora, reconoce lo especial que ella es para Dios. Ya no necesita más una máscara para ocultar sus debilidades. Sandra realmente ha encontrado su identidad en Cristo. Las mujeres establecemos una comunidad a medida que dejamos de lado nuestras pretensiones, identidades, y prestigio, y ofrecemos el amor «inmerecido» de Dios las unas a las otras.

Nancy Barton es directora del ministerio de mujeres de la iglesia Wheaton Bible Church. Este artículo se publicó por primera vez en Christianity Today International. Se usa con permiso. Título del original: «Why Women Resist Community… and how to help them connect». Copyright © 1999 por el autor o por Christianity Today International/Leadership Journal. Se traduce y adapta por DesarrolloCristiano.com, todos los derechos reservados. Copyright 2004-2010. Publicado en Apuntes Digital II-6. Los derechos de la traducción pertenecen a Desarrollo Cristiano Internacional, ©Copyright 2010.

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