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Devocionales

Mansedumbre

13 abril, 2013Desarrollo Cristiano3342 visitas
Miqueas 5:1-12

Las primeras dos bienaventuranzas tienen que ver con un estado espiritual producido por la intervención de Dios en nuestras vidas. Por la acción del Espíritu quedan desnudadas todas las posturas y actitudes que en algún momento nos llevaron a pensar que éramos algo.  Nuestra penuria espiritual es dolorosamente evidente, y nos quebrantamos internamente por esta realidad tan radicalmente opuesta a la que creíamos poseer. La bienaventuranza que mencionamos hoy está apoyada sobre la condición espiritual que describe la primera y segunda bienaventuranza.

«Bienaventurados los mansos, pues ellos heredarán la tierra.»
Al igual que los eslabones en una cadena, esta condición no puede existir aislada de la pobreza y el quebranto espiritual. La mansedumbre, no obstante, nos introduce en el plano de las relaciones humanas. Es importante que entendamos que las relaciones sanas no dependen de la calidad de las personas que la componen, si no de la existencia de un fundamento espiritual que permite que nos veamos tal como somos.

La mansedumbre es la actitud que confirma que la conciencia de pobreza espiritual es verdaderamente producto de un accionar de Dios, y no de nosotros mismos. Cuando estamos vestidos de mansedumbre podemos aceptar, con una actitud de quietud y sosiego interior, aquellas cosas que nos resultan dolorosas, humillantes o difíciles. En el Reino de los cielos, la tierra es precisamente de aquellos que dejan de luchar, argumentar y pelear para asegurarse del respeto que, según entienden, se merecen. Otros tienen libertad para señalar nuestros defectos y errores y no reaccionamos con airada indignación, buscando justificar lo injustificable. Es el Espíritu el que ha traído a la luz estas mismas condiciones y por eso podemos tomar las palabras de los demás cono una confirmación de lo que ya nos ha sido revelado.
Frente a situaciones de injusticia, somos lentos para reaccionar. No nos preocupan los insultos o las acciones que dañan nuestra reputación. Estamos confiados en que Dios defiende a los suyos y que no requiere de nuestra ayuda para hacerlo. Esta fue la actitud de Moisés cuando se levantaron contra él María y Aarón (Nm 12) y los hijos de Coré (Num 16). La Palabra lo describe como «el hombre más manso de la tierra» (v. 12.3).

Más adelante, Jesús invitaría a todos los cargados y angustiados a que se acercaran a él, porque él era «manso y humilde de corazón» (Mt 11.29). En el momento más duro de su trayectoria terrenal demostró mansedumbre absoluta cuando, «al ser maldecido, no respondía con maldición; al padecer, no amenazaba» (1 Pe 2.23). No podemos evitar la sospecha de que gran parte de nuestra propia fatiga se debe, precisamente, a nuestros interminables esfuerzos por defender y justificar lo nuestro.

Una vez más, vemos que la recompensa marca un fuerte contraste con los conceptos típicos del mundo. La filosofía de estos tiempos afirma que la tierra pertenece a aquellos que no «se dejan estar». En el reino de los cielos, la tierra es precisamente de aquellos que dejan de luchar, argumentar y pelear para asegurarse del respeto que, según entienden, se merecen. Descansan en Dios y saben que él es el que levanta y derriba, el que sostiene y el que quita. Es ampliamente generoso para velar por los intereses de sus hijos.

Producido y editado por Desarrollo Cristiano para www.DesarrolloCristiano.com. © Copyright 2009, todos los derechos reservados.

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