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Vida Cristiana

De tal palo

14 septiembre, 2013Desarrollo Cristiano1502 visitas
Miqueas 12:22-37

En la reflexión de ayer veíamos cómo Jesús declaraba que solamente existen dos clases de personas en el reino de los cielos: los que están identificados con él, y los que están en contra de él. No dejó abierta la posibilidad a una tercer posición de neutralidad, ocupada por aquellas personas que no apoyan ni tampoco se oponen a Cristo. Para ayudarnos a entender estas dos alternativas, Jesús agrega una observación adicional a la declaración realizada: «Si el árbol es bueno, su fruto es bueno; si el árbol es malo, su fruto es malo, porque por el fruto se conoce el árbol» (Mt 12.33).

Un árbol se conoce por su fruto
. Aunque la observación es sencilla, tiene una importancia fundamental. La evidencia irrefutable de la clase de planta que tenemos delante de nosotros se encuentra en la clase de fruto que produce. Podemos irnos en interminables debates acerca de la especie de árbol que estamos observando. Puede, incluso, tener el aspecto de muchas variedades similares. La dudas se disiparán en el momento que aparece el fruto; en ese momento quedará absolutamente claro cual es la identidad de la planta. Del mismo modo ocurre en la vida de las personas. Podemos efectuar interminables análisis sobre elementos intangibles que son difíciles de definir. Lo más probable es que no lleguemos a ningún tipo de acuerdo. Los frutos, sin embargo, hablan claro.  Mucho antes de que el fruto sea visible, ya está destinada a producir ese fruto porque su esencia así lo ha determinado. Este argumento es el que utiliza Santiago en su carta. Con su característico estilo pregunta: «¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica» (Stg 3.13-15).

Debemos tomar nota, por otro lado, de que un árbol no puede producir otro fruto que el que corresponde a su especie. Una planta de mandarinas no puede producir manzanas. Una planta de bananas no puede producir zanahorias. Es decir, la planta no puede contradecir la composición genética con la que ha sido creada. Mucho antes de que el fruto sea visible, ya está destinada a producir ese fruto porque su esencia así lo ha determinado. Del mismo modo, la persona que produce malos frutos no lo hace porque algo falló en el «mecanismo de producción». Sus frutos no son más que la manifestación visible de una realidad interna. No producirá otra clase de fruto al menos que esa realidad interna sea transformada.

En este sentido, nuestros propios actos nos dan valiosas pistas acerca de la clase de personas que somos. Muchas veces excusamos nuestro comportamiento diciendo: «en realidad yo no soy así». Frente a la afirmación de Cristo nos damos cuenta de lo absurdo de esto, pues no es posible que «por accidente» un árbol haya producido un fruto diferente al que debe producir. Nuestras obras revelan aquellas partes de nuestro ser interior que aún no han sido transformadas por la gracia de Dios.

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