La fe debe ser una de las marcas que distinguen al siervo que camina con Dios. En el «museo» de la fe en Hebreos 11, las grandes hazañas de los varones y las mujeres que marcaron profundamente la vida del pueblo de Dios están todas precedidas por la frase: «Por la fe…». La fe no solamente era el ingrediente esencial de sus vidas, también era común a todos ellos; confirmaban la declaración categórica del autor de que «sin fe es imposible agradar a Dios.»
Existe, sin embargo, mucha confusión acerca del tema de la fe. Para una gran parte del pueblo de Dios la fe no es más que un deseo de que las cosas salgan bien. Es la esperanza de que las circunstancias se resuelvan favorablemente y que las dificultades no nos afecten demasiado.
Una exhortación común entre nosotros es a hacer las cosas con más fe, la cual delata el hecho de que para muchos de nosotros la fe no es más que una manifestación de entusiasmo.
Sin embargo, Abraham no permitió que sus emociones fueran el factor decisivo en su comportamiento. Abraham entendía que el siervo de Dios es llamado a la obediencia, aun cuando este no entiende lo que Dios está haciendo ni el porqué de las circunstancias en las cuales se encuentra. Es ante todo, en las palabras del Apóstol Pablo, un «esclavo de la obediencia» (Ro 8.6).
¿Notó la abundancia de verbos en el versículo de hoy?: se levantó, preparó, tomó, cortó, salió, y fue. Sin importar la magnitud de su angustia, el padre de la fe comenzó muy de mañana a tomar los pasos necesarios para hacer lo que se le había mandado; de esta manera mostró lo que es la esencia de la fe. La fe es una convicción profunda en la fidelidad de Dios, que conduce indefectiblemente a la acción. Es la certeza de que, no importando que tan contradictorias y difíciles sean las circunstancias, Dios no se verá limitado en su propósito de cumplir su Palabra. En este caso, según el autor de Hebreos, Abraham creía que Jehová era poderoso para levantar a Isaac aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir (Hebreos 11).
Estos son tiempos en los cuales nuestro pueblo se ve constantemente rodeado de crisis. Son tiempos difíciles. Si esperamos que el pueblo actúe con fe, nuestro deber es mostrarles esa misma confianza tenaz en la bondad de Dios. Confianza que se hace evidente en acciones concretas, que no pierden tiempo en dudas, vacilaciones, ni argumentaciones. ¡Qué nuestras vidas puedan ser caraterizadas por abundancia de verbos!
¿Con cuánta frecuencia se siente profundamente incomodado por la Palabra de Dios? Qué reacciones producen en usted las demandas de Dios que lo desafían a la obediencia «ciega»? ¿Qué correcciones debe hacer para que en su vida haya menos vacilación y mayor acción?
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