Serenidad
La escena que encontró Jesús cuando bajó era diametralmente opuesta a la que habían vivido en el monte. «Cuando volvieron a los discípulos, vieron una gran multitud que les rodeaba, y a unos escribas que discutían con ellos. Enseguida, cuando toda la multitud vio a Jesús, quedó sorprendida, y corriendo hacia El, le saludaban.
Y El les preguntó: ¿Qué discutís con ellos? Y uno de la multitud le respondió: Maestro, te traje a mi hijo que tiene un espíritu mudo, y siempre que se apodera de él, lo derriba, y echa espumarajos, cruje los dientes y se va consumiendo. Y dije a tus discípulos que lo expulsaran, pero no pudieron» (14-18).
La respuesta de la gente, sin que estuvieran concientes de ello, era el camino a seguir para salir del enredo en que se habían metido los discípulos. Nuestra respuesta, en situaciones en las que no discernimos con claridad los pasos pertinentes, debería ser el detener toda actividad y buscar la palabra orientadora del Señor. Solamente él sabe con certeza lo que se requiere en cada circunstancia en particular. Lastimosamente, sin embargo, nuestra reacción muchas veces revela que, buscando salir adelante, depositamos nuestra confianza en nuestras propias capacidades.
Los discípulos se habían involucrado en una discusión con algunos de los presentes, incluidos aquellos infaltables expertos en asuntos espirituales, los escribas. Hemos de creer que, ante el infructuoso esfuerzo para responder a la situación del muchacho, los discípulos habían recibido algunas indicaciones o burlas por parte de los presentes, y esto seguramente despertó en ellos el afán por defender o explicar su proceder.
La discusión puede parecer el camino a recorrer en esta clase de situaciones, pero no aporta nada a la solución. En el ministerio, sin embargo, pareciera que esta es una debilidad muy particular. Observe las veces, no menos de seis, que Pablo exhortó a Timoteo en sus dos cartas a no enredarse en vanas discusiones. Animó al joven líder a no permitir que algunos «enseñaran doctrinas extrañas, ni prestaran atención a mitos y genealogías interminables, lo que da lugar a discusiones inútiles en vez de hacer avanzar el plan de Dios que es por fe» (1Ti 1.4). A Tito le señala que las contiendas de palabras son «sin provecho y sin valor» (Tit 3.9).
Aun cuando tengamos razón, el reino avanza por otros medios. Conviene a los hijos de Dios un espíritu sereno y apacible, porque no es nuestro esfuerzo el que logra los resultados, sino la intervención del Señor, como descubrió Moisés cuando asesinó al guardia Egipcio.
¿Cómo reaccionó Jesús? ¿Por qué se refirió a ellos como una «generación incrédula?
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