Algo nuevo
El primer día de la semana el puñado de mujeres y hombres que habían acompañado a Cristo seguían sumergidos en la más profunda angustia por la muerte de Jesús, «pues aún no habían entendido la Escritura: que era necesario que él resucitara de los muertos». María Magdalena, con ese cuidado propio de las mujeres, fue otra vez al sepulcro, pero al llegar encontró que habían quitado la piedra. Alarmada, volvió a buscar a Pedro y Juan quienes rápidamente acudieron al lugar.
La escena nos recuerda al proceso por el cual la verdad llega a tocar nuestros corazones. En ocasiones, podemos ver delante de nosotros la verdad de Dios proclamada en un evento o por medio de la Escritura. No obstante, aunque la vemos con nuestros ojos y podemos repetir verbalmente lo que hemos percibido, no captamos el significado más profundo de la verdad. Aun cuando añadimos a esta situación las mejores capacidades de nuestra mente, analizando con diligencia lo que hemos visto, el significado espiritual no nos resulta evidente.
Juan, siguiendo el ejemplo de Pedro, entró también en el sepulcro. Vio la misma evidencia que su compañero pero el resultado fue diferente: ¡creyó! Es posible que Juan percibiera con mayor facilidad el significado espiritual de lo sucedido porque su experiencia no estaba condicionada por la terrible angustia que embargó a Pedro después de negar a su amigo y Señor. De todos modos, es a este punto final que debemos arribar. La revelación de Dios no tiene como objetivo proveer alimento para nuestra curiosidad, sino producir en nosotros una experiencia espiritual.
Luego de revelarse a María de una manera similar, Cristo le anunció: «subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (v. 17). La declaración deja al descubierto la más extraordinaria verdad de la resurrección de nuestro Señor. Eso pedía Pablo en su oración por la iglesia de Éfeso, que pudieran entender cuál es «la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la acción de su fuerza poderosa. Esta fuerza operó en Cristo, resucitándolo de los muertos y sentándolo a su derecha en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad, poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero. Y sometió todas las cosas debajo de sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia» (1.19-22). Podemos esperar increíbles manifestaciones espirituales en nuestra vida, porque el Padre de Cristo ¡es también nuestro Padre!
Por: Christopher Shaw, Director General de Desarrollo Cristiano Internacional. Producido y editado para DesarrolloCristiano.com. Copyright ©2010 por Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados.

