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Biblia

En el museo de la fe: Isaac y Jacob

3 mayo, 2014Desarrollo Cristiano2410 visitas
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Hebreos 11:20-21

 

Se observa en la vida de Isaac un compromiso más débil con el Señor que el de su padre Abraham. La preferencia de un hijo por encima del otro siembra las semillas del odio entre los hermanos. En Jacob, el derrumbe espiritual es aun más notorio. El patriarca se aprovecha de la debilidad del prójimo y no titubea a la hora de mentir y hacer trampa para avanzar en la vida. Es un hombre que ni siquiera ante la persona de Dios se abstiene de negociar para asegurarse condiciones más favorables para sus proyectos.

No obstante estas debilidades, tanto Isaac como Jacob se encuentran mencionados en el museo de la fe. El autor de Hebreos no justifica el pecado. Más bien señala que incluso en personas cuyo compromiso con el Señor es cuestionable se pueden producir manifestaciones de fe que agradan a Dios. Es decir, ejercitar la fe no es está limitado a aquellos cuyas vidas son intachables. Aun en la figura de Abraham observamos algunos gruesos errores que tuvieron complejas repercusiones para el patriarca.

El museo de la fe no contiene figuras que intimidan por su perfección. Al contrario, está habitado por hombres y mujeres igual que nosotros, con capacidades y limitaciones, que tuvieron aciertos y desaciertos. Tal como señala el apóstol Santiago, cuando habla de Elías, «… era tan humano como cualquiera de nosotros…» (5.17 – NTV). Saber esto tiene que animarnos, pues el ejercicio de la fe no está reservado para una elite. Cualquiera que así dispone su corazón puede moverse en el ámbito de la fe. Los patriarcas vieron un futuro glorioso para sus descendientes y actuaron según esa visión.
La característica que une a Isaac y Jacob es que por la fe se animaron a prometerles bendiciones futuras a sus hijos, aunque no tenían medios para asegurarlas. No se trataba aquí de la herencia material que les podían dejar, sino de lo que, por medio del Espíritu, veían en el horizonte, más allá de sus propias muertes. Habían entendido que eran herederos de las promesas que Dios había dado a Abraham, y visualizaban el día en que el pueblo de Dios sería tan numeroso como la arena del mar, una gran multitud de personas comprometidas con vivir conforme a los principios establecidos por el Creador.

Es en el ejemplo de ellos que vemos mejor ilustrada la definición de la fe: «… la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb 11.1 – RVR). Aún cuando no llegarían a ser testigos oculares de esta realidad, percibían que la promesa tomaba forma y se encaminaba a su más completa expresión.

En esta característica observamos que la fe conecta lo temporal y visible, con lo eterno e invisible. Posee una proyección que se extiende mucho más allá del fugaz paso de un individuo por la Tierra. Aún siglos después de que esa persona haya fallecido, el legado de su fe puede continuar bendiciendo a multitudes. Vivir por fe es poner los pies en la dimensión eterna de la vida.

 

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