"¡Qué hermosa letra, qué poesía!", pensé mientras cantábamos. Estaba con mi familia sentado en el culto de adoración de nuestra iglesia y el director de canto nos dirigía en "En el seno de mi alma una dulce quietud".
El lugar perdido del temor de Dios.
Ha sido el orgullo de algunos tradicionalistas el ir a sus iglesias para orar y adorar a Dios por medio de las oraciones y los cánticos, pero no son los únicos devotos; el oír el evangelio correctamente es una de las partes más nobles de la adoración al Altísimo. Escuchar la Palabra de Dios es un ejercicio mental donde cada una de las facultades del hombre espiritual son llamadas a una acción de devoción.
Por favor Pastor. No deje que don Silvestre presida el culto del Domingo por la noche. ¡Es un espantagente!". Así me dijo cierta vez uno de los líderes de nuestra iglesia. Y, en realidad hasta cierto punto ¡tenía razón! En mi mente podía ver las caras de la congregación, sufriendo para que llegara la hora del sermón.


