La esencia de la vida espiritual no la definen las actividades que realizamos sino la calidad de la relación que tenemos con Dios.
El sufrimiento es una de las marcas que distingue y confirma la condición de discípulo.
Para seguir a Jesús debemos darle la espalda a aquello que, en otro tiempo, considerábamos bueno e importante.
Nadie se convierte en discípulo por estar merodeando alrededor de la persona de Jesucristo sin haber asumido un verdadero compromiso con él.
El Hijo de Dios nos llama a ser copartícipes en la vida, no espectadores pasivos.
Los líderes hemos sido llamados a formar personas.


