«—Señor, no merezco que entres bajo mi techo. Pero basta con que digas una sola palabra, y mi siervo quedará sano. Porque yo mismo soy un hombre sujeto a órdenes superiores, y además tengo soldados bajo mi autoridad. Le digo a uno: “Ve”, y va, y al otro: “Ven”, y viene. Le digo a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace. Al oír esto, Jesús se asombró y dijo a quienes lo seguían: —Les aseguro que no he encontrado en Israel a nadie que tenga tanta fe». Mateo 8.8–10 - NVI
«Tengan cuidado, no sea que se les endurezca el corazón por el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida. […] Estén siempre vigilantes, y oren para que puedan escapar de todo lo que está por suceder, y presentarse delante del Hijo del hombre». Lucas 21.34, 36 - NVI
La Palabra posee un asombroso poder para transformar la vida de quien la atesora.
La carta a los Hebreos ofrece valiosos principios para pastorear a quienes atraviesan momentos de incertidumbre.
Realizar las formalidades del culto, sin el verdadero temor de Dios, es en el fondo un acto de idolatría.
Si busca superar el desánimo en el ministerio, debiera asumir de manera intencional el reto de oponer resistencia.




