El mundo actual ha dado a luz a dos gemelos terribles: uno se llama falta de inteligencia y el otro carencia de sentido. Pero las Escrituras contrastan con esta tendencia. El autor nos reta a formar la mente cristiana, la cual escucha a Dios y al mundo, y afirma que no es tarea de cristianos solitarios...
Si hay alguien sincero debe ser el predicador. La sinceridad de un predicador consta de dos aspectos: habla en serio al estar en el púlpito y practica lo que dice cuando no está allí. De hecho, ambas cosas van de la mano inevitablemente, puesto que como dijera Richard Baxter: «quien habla en serio seguramente cumplirá lo que habla».
A veces confundimos predicar con profetizar. Existen grandes diferencias entre estos dos dones. No es suficiente que el predicador conozca la Palabra de Dios: debe conocer a los que lo escuchan.
Estudiando Apocalipsis vemos la carta para la iglesia de Éfeso. Esta inicia con la afirmación del Señor glorificado que camina entre los candelabros, sus iglesias (Ap. 1:13 y 20). Luego, en el verso 5 vemos donde el Señor dice: " si no te arrepientes, pronto vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar..." (Ap. 2:5)
No importa qué hayamos logrado u obtenido en la vida. Si no tenemos la santidad, hemos perdido lo fundamental. Para desarrollar el tema de la santidad el autor parte del imperativo de Pablo en Colosenses 3 de «desvestirse» y «vestirse». Por último destaca cuatro conceptos de 2 Corintios 7.1 de cómo el creyente llega a la santidad.
Hay pocos temas más delicados para la vida de la iglesia que el tema de la disciplina. No tanto porque sea difícil de comprender, sino por la inmensa variedad de interpretaciones (o distorsiones) en la práctica del tema.




