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Consejeria

¡Cuanto amo tu ley!

1 junio, 2008541 visitas

Ocurrió en un feriado. El sol ya había recorrido la mitad de su curso cuando, con pereza, decidí salir de la cama. Como me faltaba el ánimo de tomar el bus para ir a la playa, resolví quedarme en casa y leer. Fui hasta el estante, siempre abarrotado y desordenado, deseando escoger un libro que me sirviera de compañía en ese día, que yo suponía, sin importancia alguna. Sobresalía la Biblia de tapas negras; hasta parecía pedirme que yo la escogiera a ella.

Yo ya había intentado leer la Biblia, pero nunca conseguí avanzar más allá de su cuarto libro, Números. ¡Esas interminables estadísticas me daban sueño! Dudé, pero parecía que dos manos se extendían desde su lomo, suplicando que la tomara. Consentí y agarré el tomo negro. Yo era adolescente y no contemplaba grandes cambios para mi vida. ¡Qué error! Después de aquel día nunca volvería a ser el mismo.

Me acomodé y comencé a hojearla. Me acordé que mis amigos creyentes me habían aconsejado leer el Nuevo Testamento. Abrí en Mateo y en pocos minutos había arribado al Sermón del Monte. Cada versículo saltaba de la página como un puñal, lacerando mi alma. Las palabras pronunciadas por Jesús me acorralaban. El pasaje de Mateo 7.13–14 me propinó el golpe decisivo. «Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan». Así, en el comienzo de aquella tarde, con la puerta trabada, postrado y resoluto, asumí el compromiso de seguir a Jesucristo por esa senda estrecha.

Desde aquellos tiernos años he procurado incorporar como referencia a mi vida este magnífico libro. Intenté estudiarla. Medité en sus versículos en mis horas de quietud. Enseñé y prediqué sermones sobre sus verdades. Más aún siento que no he conseguido llegar siquiera a las orillas de las  profundidades del conocimiento y la sabiduría de la Palabra de Dios. Cuanto más me detengo en sus enseñanzas, mayor es mi espanto, más intenso mi asombro.

La Biblia es una compilación de libros con la historia de personas, familias, naciones y, por sobre todo, el linaje del Mesías. Me fascinan los relatos milenarios del comportamiento humano en las crónicas, la sabiduría popular de los proverbios, la indignación de los profetas, las oraciones de los salmos y la sistematización de las verdades eternas en las epístolas.

Algunos detalles de la Biblia me dejan admirado. Ella nunca fue homogeneizada por el poder eclesiástico. Las historias de sus héroes no fueron retocadas. De esta manera sabemos, por ejemplo, que Abraham mintió y actuó de manera irresponsable en varias ocasiones; que Moisés, el hombre más manso que el mundo ha conocido, se airó; que David, el más amado rey de Israel, cometió adulterio y, encima, tramó el asesinato de un soldado leal. La Biblia no esconde el hecho de que la primera Iglesia tuvo que aprender a convivir con puntos de vista diferentes —Pedro y Pablo entablaron ásperos debates sobre usos y costumbres; las congregaciones plantadas en el primer esfuerzo misionero sufrían falencias muy serias, llegando la iglesia de Corinto a vulgarizar el sacramento de la eucaristía.

A diferencia de otros libros sagrados, la Biblia no alega haber sido dictada ni impuesta. En 2 Pedro 1.21 el apóstol reconoce que el origen de las Escrituras es divino, pero demuestra respeto por las particularidades de cada autor: «ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios». El concepto teológico de su «inspiración» significa que Dios respetó la libertad y las ambigüedades humanas, permitiendo aun posibles contradicciones en los relatos históricos. Frente a circunstancias diversas los autores demostraron que la revelación de las verdades eternas podía darse dentro de distintos contextos geográficos, sociales y culturales.

Con todo, la mayor grandeza de la Biblia radica en la encarnación. La llegada del Mesías, su fugaz paso por la tierra, su brevísimo ministerio haciendo el bien y anunciando la llegada del reino de Dios, su muerte y resurrección, constituyen el más extraordinario relato jamás impreso. Hasta que Cristo vino, Dios se reducía a una especulación filosófica o religiosa. Los griegos afirmaban que, así como un pájaro no puede volar hasta el infinito, los seres humanos, mortales, jamás podrían alcanzar la divinidad eterna. En el cristianismo Dios recorrió el camino inverso. «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1.14). La singularidad de la Biblia proviene de la persona de Jesús. El hijo de María logró dar a conocer a Dios a la humanidad. Pablo subraya esta verdad en su carta a los Colosenses: «Porque toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en El» (2.9).

En Juan 14.8–9 Felipe le pidió a Jesús lo que toda persona más desea: una revelación completa de Dios: «Señor, muéstranos al Padre y nos alcanza». Jesús le respondió: «¿Tanto tiempo he estado con vosotros, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"?»

Cada vez que oigo la exposición de la Biblia, sé que sus verdades brillarán como rayos de luz, guiando a los viajeros por las tortuosas sendas de la vida, pues el Salmo 119.105 afirma: « Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino». Cuando me encuentro con alguien cargado por la culpa me gusta recomendarle el evangelio de Juan. Cualquiera de nosotros podemos insertarnos en el diálogo entre Jesús y la mujer que querían apedrear: «Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella respondió: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Yo tampoco te condeno. Vete; desde ahora no peques más».

Han pasado milenios desde que la Biblia Sagrada fue escrita. Los estudiosos se van turnando en un esfuerzo por analizarla, mas ella permanece en misterio. Es ante este misterio que se manifiestan las limitaciones humanas. Ni la razón ni el método logran abrir «todo el consejo de Dios». Por eso, Pablo exclamó en Romanos 11.33–36: «¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Pues, ¿QUIEN HA CONOCIDO LA MENTE DEL SEÑOR?, ¿O QUIEN LLEGO A SER SU CONSEJERO?, ¿O QUIEN LE HA DADO A EL PRIMERO PARA QUE SE LE TENGA QUE RECOMPENSAR? Porque de El, por El y para El son todas las cosas. A El sea la gloria para siempre. Amén».

En este mundo sediento de esperanza, la Biblia puede volverse un manantial de vida, a partir del momento que vuelve a ser el libro de cabecera que alimente la vida devocional y cimiente los principios que servirán como norte para las decisiones del día a día.

Se tomó de la revista Ultimato, Edición 299, marzo–abril 2006. Se usa con permiso. Los derechos de la traducción al español pertenecen a Desarrollo Cristiano Inaternacional. ©Apuntes Pastorales XXIV-4.

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