header parallax image
Devocional del día, Devocional diario, Biblia, Predicaciones, Bosquejos, Artículos, Consejeria, Versiculo diario - Desarrollo Cristiano Internacional
  • Inicio
  • Identidad
  • Valores del reino
  • Relaciones
  • Espiritualidad
  • Artes pastorales
  • Héroes de la fe
  • Inicio
  • Identidad
  • Valores del reino
  • Relaciones
  • Espiritualidad
  • Artes pastorales
  • Héroes de la fe
Consejeria

Manejo de las finanzas

2 junio, 20081007 visitas

La «montaña humeante». Así se llamaba aquel enorme basurero ubicado en las afueras de la ciudad de Manila. Era, literalmente, un monte de residuos, desperdicios y descartes depositados por millones de habitantes de esta gran ciudad. Mi amigo Claudio, un misionero que servía en las Filipinas, me llevó a visitar el hediondo y repugnante sitio. No a todos les resultaba repulsivo el lugar. Lo que otros habían descartado por considerarlo sin provecho, representaba la esperanza de multitudes de personas que caminaban entre los escombros, buscando elementos para reciclar o comer. De hecho, el basural poseía una población permanente de cuarenta mil personas, instaladas en precarias construcciones en los perímetros de esta montaña que desprendía, día y noche, un maloliente humo producto de un fuego que nunca la consumía.


La escena, representativa de la agonía vivida por miles de millones en condiciones de privación extrema similares a esta, ofrece un testimonio incontrovertible de la falta de igualdad en recursos y oportunidades que se ha instalado en nuestro mundo. En las últimas décadas la distancia entre los ricos y pobres ha aumentado en forma dramática, de manera que los unos son cada vez más opulentos y los otros cada vez más miserables. 


Tal es el mundo en que nos ha tocado vivir. Es un mundo por el cual Dios gime (Sal 12.5) y se presenta en innumerables textos como defensor del pobre, del oprimido, de la viuda y del huérfano (Sal 35.10; 146.6–8). Como embajadores suyos en la tierra, esta preocupación automáticamente se convierte también en carga para su pueblo, a quien el Señor exhorta: «no endurecerás tu corazón ni le cerrarás tu mano a tu hermano pobre» (Dt 15.7). A nosotros ha sido otorgado el privilegio de marcar una diferencia en la vida de quienes están condenados a morir por la indiferencia de sus pares. La iglesia debe, en el nombre de Jesús, dar comida a los hambrientos, bebida a los sedientos, amparo al forastero, ropa al desnudo, ánimo al enfermo y compañía al que está en la cárcel (Mt 25.33–46).


El espacio donde comienza esta magnífica obra de misericordia hacia los oprimidos y olvidados de la tierra es indudablemente en el ordenamiento de las finanzas. Los analistas económicos más astutos están proponiendo como solución lo que para el pueblo de Dios debería ser evidente: la mejoría de la situación de los pobres no se alcanzará con crear más recursos para ellos, pues el planeta es finito y estamos llegando al límite de nuestra capacidad de producción. La mejora se logrará cuando los que más tienen tomen la decisión de vivir con menos. El socorro que esperan los más débiles requiere de un sacrificio por parte de los más fuertes. 


En la iglesia no es posible este sacrificio sin una clara orientación de los líderes. En ningún aspecto de la vida cristiana, sin embargo, es tan notoria la ausencia de lineamientos como en el tema de la administración de los recursos económicos en el reino de los cielos. Muchos dirían que no existe diferencia entre nuestros criterios y las filosofías que tienen esclavizados a millones en la cultura predominante de consumo descontrolado. La perspectiva de las finanzas en gran parte de la Iglesia aún no ha sufrido esa transformación radical que resulta de caminar con uno que «por amor a vosotros se hizo pobre siendo rico, para que vosotros con su pobreza fuerais enriquecidos» (2Co 8.9). La mejor evidencia de lo dramático que puede ser esta transformación lo ofrece esa primera multitud de convertidos, en Hechos 2: «Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas: vendían sus propiedades y sus bienes y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno» (vv. 44–45).


Un escritor contemporáneo, John Blanchard, ha afirmado: «Hay pocas cosas que hablan con tanta elocuencia acerca de la vida espiritual de una persona como la forma en que utiliza el dinero». Si un observador imparcial se acercara a nosotros en estos tiempos, creo que inevitablemente concluiría que la mayoría del pueblo de Dios es incurablemente mezquino o desvergonzadamente ambicioso. Por un lado, están las multitudes de fieles con mentalidad de pobres que no logran sobreponerse a las más miserables muestras de generosidad. Por el otro lado se encuentran quienes pretenden disfrazar de supuesta devoción a Dios sus descaradas ambiciones por aumentar los bienes personales. Ambos proclaman con su fe que sirven a un «dios» pequeño que se muestra indiferente frente al sufrimiento de las masas.


Las finanzas ordenadas según los principios del reino, sin embargo, pueden ser la herramienta que le dan «pies y manos» a la pasión del pueblo de Dios por alcanzar a los afligidos con la gracia de Cristo, el medio para que seamos ricos en buenas obras. Una correcta administración no solamente permitirá que se satisfaga lo inmediato, sino también que se realicen inversiones útiles para dar una participación plena en la extensión del reino entre quienes están en tinieblas. Es nuestra responsabilidad, como líderes, desafiar a nuestras congregaciones a ordenar sus finanzas bajo los principios celestiales, los cuales son radicalmente opuestos a los de este mundo. El orden en las finanzas no es simplemente un asunto de números. Constituye una clara proclama acerca de la clase de personas que somos y quien es el Dios a quien decimos servir.


©Apuntes Pastorales, Volumen XXIII – Número 4, todos los derechos reservados.

  • tweet
anterior

Sinceridad al predicar

siguiente

Pelear: ¿Cuándo vale la pena?

Relacionados

En busca del consejo

11 marzo, 2014

¿Sentimientos de culpa? ¡Libérese de ellos!

5 diciembre, 2013

La cruz: centro de la crisis

15 julio, 2012

Devocional de hoy

  • Mucho más que un censo
    Es cierto que el diablo anda como león rugiente, pero la Iglesia puede avanzar confiada en medio de las tinieblas porque sabe que nadie podrá adelantar un paso sin que el Señor así lo permita.

lo más leido

El día de Pentecostés y la venida del Espíritu Santo: el nacimiento de la Iglesia, Parte I

El día de Pentecostés y la venida del Espíritu San...

publicado el 15 julio, 2005
Uno más uno: La pareja según el diseño de Dios

Uno más uno: La pareja según el diseño de Dios

publicado el 15 julio, 2005
¡Huye! No seas esclavo de la lascivia

¡Huye! No seas esclavo de la lascivia

publicado el 15 julio, 2010
Consejos para la intimidad matrimonial

Consejos para la intimidad matrimonial

publicado el 15 julio, 2010
El adolescente y su proyecto de vida

El adolescente y su proyecto de vida

publicado el 28 septiembre, 2009

videos mas vistos

Levanta tu cabeza

Levanta tu cabeza

publicado el 13 enero, 2017
Mujer Virtuosa

Mujer Virtuosa

publicado el 13 enero, 2017
Ser santos

Ser santos

publicado el 13 enero, 2017
Prioridades

Prioridades

publicado el 13 enero, 2017
Nuevo año, parte I

Nuevo año, parte I

publicado el 13 enero, 2017

Categorías

Ese hombre es como un árbol
plantado junto a los arroyos:
llegado el momento da su fruto,
y sus hojas no se marchitan.
Salmo 1:3 RVC