Disfruto a mi familia
Orábamos en familia y mi hijo Daniel dijo: «Gracias Dios por habernos dado la Biblia porque nos enseña más de ti».
Aún recuerdo el día que caminó, ¡qué emoción!, tanto a Daniel como a Esteban de tres años los he visto crecer, mejor dicho, los he disfrutado intensamente. Me gusta ver a Esteban decir «salud» cuando alguno estornuda, o cuando me ve llegar y grita «Papi, Papi, Papi» y al encontrarnos extender sus brazos para abrazarme y con todo su sentimiento decir: «Te amo, te amo». Todo esto lo vivo con intensidad.
Bueno, no les he presentado a mi esposa Helen. Es realmente bella y tierna, nos llevamos bien. Cuando algo no camina, es sincera y me lo dice, debo confesar que generalmente tengo alguna explicación, pero termino pidiendo perdón y tratando de rectificar el camino. Estudió psicología (creo que fue bueno, porque así me comprende mejor). Pero déjenme decirles lo mejor, es alegre, de vez en cuando hace sus negocios y procura mejorar las cosas de la casa. Me gusta verla feliz y realizada. Es alguien que me pone en balance. Me ha enseñado e insistido en la importancia de tomar el tiempo necesario para la familia. Lo bueno, es que para mí ya no es una carga, es un placer, un deleite. Digo que no es una carga, porque al inicio de mi matrimonio me sentía culpable al tomar tiempo para mí o mi familia. (Porque hay mucho que hacer en el servicio al Señor).
Gracias a Luis y Edith Mejía, quienes nos pastorearon por ocho años, enseñándonos y tomando tiempo para escucharnos cuando llegábamos confusos a pedirles consejo, ya sea porque nos habíamos herido o porque no sabíamos qué era correcto entre una cosa y otra. Sus consejos y sobre todo su ejemplo nos marcaron para bien, la familia es importante y es un don de Dios en el cual debemos invertir.
Ahora puedo celebrar cumpleaños, recordar mi aniversario de boda, disfrutar vacaciones en familia y así vivir intensamente el hogar. Amo mi hogar, me deleito al ver crecer a mis hijos, ellos, los que Dios me dio para cuidar y formar para Él. Amo a mi esposa, ella es realmente especial.
Perdón que les cuente todas estas intimidades, la verdad es que deseo con todas mis fuerzas que cada uno de los que estamos en el ministerio nos deleitemos en el seno de nuestras familias y aprendamos a disfrutar el tiempo que compartimos con ella. Que no nos sintamos mal en invertir tiempo en esta nuestra herencia, la familia. Hay razones suficientes para esto, una de ellas es que si perdemos nuestro hogar, bíblicamente quedamos descalificados para ejercer el ministerio (1 Timoteo 3.15).
No hay cosa más hermosa que detenerse a contemplar y ver crecer a nuestros hijos, fortalecer su personalidad, desarrollar su carácter y profetizar sobre sus vidas. Sé que un día saldrán de casa, y qué gratificante será saber que pudimos dar lo mejor de nosotros.
Hoy debo detenerme a mis quince años de ministerio y nueve de matrimonio y dar gracias a Dios porque reconozco que él ha edificado conmigo el hogar, que ha estado a mi lado en el momento de la angustia y en los buenos tiempos. Su gracia y misericordia han sostenido nuestras vidas, dándonos una expresión mayor de realización y libertad en esto hermoso.
Apuntes Pastorales, Volumen XII, número 4.

