Jesús da esperanza a los suyos
Texto base: Juan 20.19-29
Introducción
Oiga el llanto de una mujer sin la certeza de su salvación: «A la edad de 11 años pasé adelante durante una cruzada evangelística en nuestra iglesia. Sin embargo, no tuve la sensación de que era salva. Entonces lo hice de nuevo a la edad de 17 años y lo he repetido numerosas ocasiones a través de los años. Hasta me he bautizado dos veces para estar segura. Ahora tengo 70 años, ando mal de salud y todavía no estoy segura si mis pecados han sido perdonados». ¡Qué tragedia! En Juan 20.19-29 encontramos un grupo de personas sin seguridad, lleno de temor: Los discípulos. Cristo les da esperanza y certeza de salvación a sus discípulos por medio de:
Su paz (19, 21). Jesús había ya no estaba. Alguien anunció a los discí-pulos que Cristo resucitó de entre los muertos pero ellos no lo podían creer. Las puertas (plural) del local estaban con llave y los seguidores de Jesús estaban atemorizados sin saber qué hacer. Cristo entra y les saluda: «Paz a vosotros».
La paz según el hebreo: Viene del shalom, y da la idea de «completar un círculo». Si un círculo está roto no habrá shalom. Existen numerosos círculos incompletos debido a divisiones, enemistades, temores, falta de fe, etc.
La paz según el griego: Paz es el saludo favorito de los escritores del NT. Significa reconciliación entre dos enemigos y describe el ser interior de una persona. La paz es la herencia que Cristo dejó a su pueblo (Jn 14.27, véase Jn 16.33, Ro 5.1, Flp 4.7). Se puede expresar la esencia del evangelio empleando la palabra paz (Hch 10.36).
Su presencia (v 20). Jesús calma los temores con su presencia. Solamente tendremos la certeza de que somos hijos de Dios cuando pasamos tiempo en la presencia de Dios regularmente. La presencia de Cristo significa para ellos y para nosotros que:
Entenderemos que Cristo es una persona histórica.
Lo veremos tal como él realmente es, no un Cristo de la cultura, de las leyendas sino de la Biblia.
Entenderemos que podemos gozar de la presencia de Cristo porque él vive en el creyente (Jn 14.20; Gl 2.20; Ef 3.17; Col 1.27).
Entenderemos que por sus heridas, pagó el precio de la salvación (1 Co 6.20); derrotó al enemigo (Col 2.15), y al pecado y venció la muerte. (1 Co 15.26, 54-57)
Su promesa (v 22). «Recibid el Espíritu Santo». Cuando él sopló, dándoles el Espíritu Santo:
Reveló que él estaba con vida.
Los capacitó para su misión (Ef 4.8).
Les aseguró tener vida eterna (Ro 8.16; 1 Jn 3.21).
Su propósito (v 21, 23). «Como el Padre me ha enviado, así también yo os envío». En forma inmediata, les da una misión. El creyente tendrá la seguridad de la salvación cuando ve que Dios está usando su vida en un ministerio. Cristo nos envía tal como Dios lo mandó a él:
Para dar testimonio de la verdad (Jn 18.37; véase 2 Co 5.18-20).
Para remitir (perdonar) y retener (no perdonar) pecados (v 23).
Usamos esta autoridad declaratoria cuando
Predicamos el evangelio (Hch 13.38,42).
Aseguramos a una persona de que sus pecados han sido perdonados en el ministerio pastoral (1 Jn 2.12).
Ejercemos la disciplina eclesiástica
Quienes han pecado pero se han arrepentido, los declaramos perdona-dos y les damos la bienvenida a la comunión de los santos (2 Co 2.5-11).
Quienes han pecado pero no se han arrepentido, ellos retienen sus pecados, y son expulsados de la comunión de los santos (Mt 18.15-18; 1 Co 5.1-13).
Conclusión: ¿Cómo debemos responder a la paz, a la presencia, a la promesa y al propósito de Dios en nuestras vidas?
Regocijarnos de que somos salvos (v 20, véase Jn 16.22)
Afirmar que Jesús es Dios (v 28, compare con Hch 14.15 y Ap 19.10 y 22.9).
Asegurarnos de que nuestra fe será bendecida (v 29; 1 P 1.8-9).


