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Liderazgo

Individualismo: ¿Es una ceguera colectiva?

10 junio, 20081886 visitas

La ceguera se define como la pérdida total de la vista, como la imposibilidad de ver. Esta es una limitación física que influye profundamente en el desarrollo personal del individuo y muchas veces impulsa a la persona al aislamiento. Pero lamentablemente, suelen ser quienes rodean al no vidente quienes le aíslan con la indiferencia o falta de solidaridad. 


El individualismo por su parte, se define como el aislamiento y egoísmo de cada cual en sus intereses. Viene a ser también una especie de ceguera hacia las necesidades de los demás. Hoy el individualismo crece como un contagio, pues se ha levantado una ola de egoísmo narcisista que exacerba el culto al ego y a la realización personal. Se da prioridad absoluta a lo propio inmediato y cotidiano. 


El Ensayo sobre la ceguera es una novela de José Saramago publicada en 1995 que narra una serie de hechos ocurridos a partir de un fenómeno inusual: la ceguera de toda una ciudad, tal vez un país (el autor no delimita las fronteras territoriales) donde se describe el accionar del gobierno frente a una especie de ceguera blanca que empieza en un hombre y corre como una epidemia hasta dejar ciega a toda la población. La novela narra las limitaciones y los sentimientos de impotencia y miedo de los primeros ciegos, las relaciones de poder que se van conformando, las injusticias, el maltratado, el abuso contra la dignidad humana hasta sacar a relucir las peores conductas y sentimientos que pueden aflorar en una situación de emergencia como la que su ficción crea.


Ensayo sobre la ceguera termina siendo, sin proponérselo, un reflejo del corazón humano. Al principio se intenta aislar a los primeros ciegos, pero el temor del contagio hace que algunos de ellos sean eliminados. Paulatinamente, al ir quedando ciega toda la población, las empresas quedan sin empleados y los servicios básicos de agua y luz también son suspendidos. Muy pronto la vida se convierte en una lucha individualista desesperada por la supervivencia, y el mundo se vuelve un escenario putrefacto y maloliente, pues los ciegos deambulan por las calles y hacen sus necesidades fisiológicas en cualquier lugar.


Los supermercados son saqueados, las casas habitadas por la fuerza por transeúntes ciegos de turno, cada uno tiene que ver por su vida y supervivencia. Una sola mujer, esposa de un oftalmólogo, es la única que no pierde la vista y ayuda a sobrevivir en medio de un sinnúmero de circunstancias terribles a un grupo de seis personas. Ella, la única que evidencia sentimientos solidarios, es llevada al asesinato por circunstancias extremas. La novela nos confronta así directamente con la forma en que nuestra naturaleza humana y nuestro corazón reaccionan frente a circunstancias que trascienden los límites.


Más allá de la ficción, Ensayo sobre la ceguera  retrata el individualismo característico de nuestra sociedad posmoderna. Al leer esta novela me estuve preguntando si en estos tiempos que nos ha tocado vivir, el individualismo no viene a ser también una especie de ceguera colectiva que no nos permite ver más allá de nosotros mismos. Cuando cada cual busca su propio bienestar sin pensar en los demás. Lo importante es la realización personal y vivir para cada uno. Hoy las premisas que parecen regir la vida son: “Ámate a ti mismo”, “Satisface tus propias necesidades”, “Busca tu realización personal”… todo sin preocuparnos si en el proceso  se atropella a alguien. 


La indiferencia frente a las necesidades de los demás y al estado de nuestra sociedad revela que cada vez nuestro corazón se adapta más a no mostrar interés o afecto por lo que los demás viven. Somos como ese sacerdote y ese levita que pasaron de largo sin auxiliar al hombre que había sido asaltado por ladrones en el camino, en la parábola del «Buen Samaritano» narrada por Jesús en Lucas 10:25-37.


Recuerdo con mucha tristeza una ocasión en que el autobús en que viajábamos mi esposo y yo entró en una calle en sentido contrario y atropelló a una anciana. La pobre mujer estaba tirada en medio de la pista y nadie la auxiliaba. Mi esposo y yo intentamos detener varios autos y les ofrecíamos dinero para que llevaran a la anciana a un hospital, pero nadie quería comprometerse. Lo peor fue que al dar la vuelta vimos descender del bus al resto de los pasajeros, todos reclamando con enojo la devolución del dinero del pasaje y preocupados por llegar a su destino, sin importarles el estado de la anciana, quien en esos momentos libraba una lucha entre la vida y la muerte por la imprudencia de un chofer, a quien no le importó transgredir las reglas de tránsito por llegar antes a su fin.


El mundo está lleno de personas que son ahora atropelladas y nadie las defiende.


Las relaciones de poder que nuestra sociedad permite, las injusticias sociales, el entorno familiar quebrado, las extremas condiciones de pobreza en la que vive la mayor parte de nuestra población frente a nuestra indiferencia, etc ¿no son evidencia del individualismo imperante?


Cristo definió su iglesia principalmente como una comunidad donde era posible la convivencia en armonía, equidad y justicia. Por eso somos la comunidad del Rey y nuestro testimonio de amor verdadero debería dar evidencia de ello. Además, somos llamados a impactar y transformar la sociedad con un mensaje de unidad y de servicio, “porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). Las palabras de Jesús y su ejemplo deberían ser nuestra consigna personal y colectiva. 


No hay duda del papel social que posee la iglesia. Somos un pueblo “salvado para servir” “porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2:10).


En este siglo XXI, Jesús sigue llamándonos a “Amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos” (Lucas 10:27). ¿Cerraremos nuestros ojos y levantaremos nuestros hombros para preguntarle “¿Quién es mi prójimo?” o estaremos dispuestos a darnos, a amar, a compartir, a defender, a levantar nuestra voz por el que sufre y a abrazar al pobre y abatido? “Porque de lo que tenemos damos” (Hechos 3:6) y “aquello que hemos recibido por gracia debemos dar también por gracia” (Mateo 10:8). 


Únete al ejército de Cristo, combatamos juntos la indiferencia, hagamos presencia en la sociedad, abramos nuestros ojos y miremos más allá de nosotros mismos y de nuestras fronteras eclesiales, porque allí está el mundo que necesita creer, sanar y restaurarse.  Esta es la mejor forma de combatir el individualismo imperante en esta época y demostrar que no estamos ciegos, pues nos alumbra la luz de Cristo.  


®Apuntes Mujer Líder, Volumen II, Número 4, un ministerio de Desarrollo Cristiano Internacional. © Copyright 2003-2008 , todos los derechos reservados.

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