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Liderazgo

Teniendo un corazón receptivo…

15 julio, 2005489 visitas


Un extraño pasaje en el libro de Eclesiastés 4.13 se refiere al «rey viejo y necio que no admite consejos». No es difícil comprender por qué un rey viejo, especialmente si fuera necio, pensaba y sentía que estaba más allá de toda amonestación o exhortación. Después de años de dar órdenes, con toda facilidad pudo haberse construido una psicología que, lisa y llanamente, no pudiera albergar la noción de que él necesitara recibir consejos de otros.


Su palabra y órdenes desde hace mucho tiempo se habían convertido en ley, y para él, el bien se había convertido en sinónimo de su voluntad, y el mal se había convertido en sinónimo de todo lo que fuera contrario a sus deseos y voluntad. Pronto, no le pasaría por la mente la idea de que existiera alguien con la sabiduría suficiente y bastante bueno capaz de amonestarlo. Tenía que ser un rey necio e insensato para dejarse cautivar en tal maraña, y un rey viejo para permitir que esta se solidificara hasta el tal punto que él no pudiera romperla. Además, tenía que haberle dado el tiempo suficiente para haberse acostumbrado a ella, a tal extremo, que ya no se daba cuenta ni de su existencia.



Sin estudio del proceso moral que lo llevó a este estado de dureza, ya le había llegado la hora del sonar de la campana. En todos los aspectos era un hombre perdido. Su cuerpo viejo, marchito y debilitado todavía se mantenía unido para proveer una tumba movible que albergaba un alma ya muerta. La esperanza había partido tiempo atrás. Dios lo había entregado a su altanería y vanagloria. Y pronto moriría su físico también, y su deceso sería como muere un necio.



Un corazón que rechaza el consejos fue lo característico de Israel en varios períodos de su historia, y a estos períodos siguió, de manera indefectible, el juicio de Dios. Cuando Cristo vino a los judíos, los encontró llenos hasta el tope de esa auto-confianza arrogante que no acepta ningún tipo de amonestación. «Simiente de Abraham somos» —dijeron fríamente cuando él les habló acerca de sus pecados y les subrayó su necesidad de la salvación. La gente común lo oía con agrado y se arrepentía, pero los líderes religiosos judíos se sentían como el gallo en el gallinero y habían actuado como dueños y señores por tanto tiempo que no estaban dispuestos a entregar su posición privilegiada. Como el rey viejo, se habían acostumbrado a tener siempre la razón todo el tiempo. Reprenderlos era para ellos sinónimo de insultarlos. Se consideraban más allá de todo reproche.



Algunas iglesias y organizaciones cristianas han mostrado una tendencia a caer en el mismo error que destruyó a Israel: la incapacidad de recibir consejos y amonestaciones. Después de un tiempo de crecimiento y labor exitosa se aproxima la psicología de la auto-felicitación. El éxito mismo se convierte en la causa del fracaso posterior. Los líderes llegan al punto de aceptarse como los más escogidos y preferidos de Dios. Se han convertido en objetos especiales del favor divino; su éxito es prueba suficiente de que esto es así. Por lo tanto, tienen que tener la razón, y a cualquiera que trate de pedirles cuentas se le descarta instantáneamente como a un entrometido, no autorizado, a quien debiera darle vergüenza atreverse a reprender a los que son sus superiores y mejores.



Si alguno cree que estamos meramente jugando con palabras, que se acerque al azar cualquier líder religioso y llame la atención a algunas de las debilidades y pecados de la organización. Tal persona recibirá un rápido desaire, y si se atreviere a proseguir, se le confrontará con los informes y estadísticas para comprobar que está totalmente equivocado y no tiene derecho a hacer tales observaciones. «Simiente de Abraham somos» será el tenor de su defensa. Y ¿quién va a atreverse a encontrarle defectos y faltas a la simiente de Abraham?



Aquellos que ya hayan entrado al estado donde ya no puedan recibir amonestación, probablemente no van a aprovechar esta advertencia. Después que el hombre haya traspasado el borde del precipicio, no hay mucho que se pueda hacer para ayudarlo; pero podemos colocar indicadores y señales por la ruta para evitar que el próximo transeúnte se lance al vacío. A continuación presentamos algunos:




  1. No defienda a su iglesia, o su organización, contra la crítica. Si la crítica es falsa no puede hacer ningún daño. Si es verdad, usted necesita escucharla y hacer algo al respecto.


  2. No se preocupe por lo que haya logrado, sino con lo que pudiera haber alcanzado si hubiera seguido al Señor de modo absoluto, y de todo corazón. Es mejor que digamos y sintamos, «Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos» (Lucas 17.10).


  3. Cuando se le censure y condene, no preste atención a la fuente. No pregunte si es un amigo, o un enemigo quien lo señala. Un enemigo suele ser de mayor valor que un amigo porque él no se deja influenciar por la simpatía.


  4. Mantenga su corazón abierto a la corrección del Señor y esté listo para recibir su castigo, sin importarle de quién es la mano que porta la vara. Los grandes santos aprendieron a soportar una paliza con gracia —y tal vez esa sea la razón por la cual llegaron a ser grandes santos.


Tomado y adaptado del libro La raíz de los justos, A. W. Tozer, Editorial Clie, 1994. Usado con permiso. Todos los derechos reservados.

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