¡La gloria del Señor!
Un ángel calmó los temores de los pastores, anunciando que había llegado el Enviado que tanto tiempo había esperado el pueblo de Israel. Aún mientras les hablaba, repentinamente, «apareció con el ángel una multitud de los ejércitos celestiales, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes El se complace» (vv. 13–14 -Versión de las Américas).
El relato es interesante porque nos ofrece una perspectiva celestial de la misión de Jesús. Da la sensación de que los seres celestiales prácticamente no le dieron tiempo al ángel a que termine de notificar a los pastores las buenas nuevas. Irrumpen sobre la escena con alabanzas y proclamas de la grandeza del Señor, como si no pudieran contener algo que demanda, a toda costa, ser expresado a viva voz.
El compromiso de reestablecer la «paz» entre los hombres es un término mucho más complejo que la simple ausencia de conflictos. Hablar de paz, en su sentido bíblico, es hablar de un estilo de vida que se caracteriza por plenitud e intensidad, una existencia que satisface los deseos más incomprensibles de nuestra humanidad, deseos que heredamos del mismo Señor. No se relaciona tanto con la abundancia exterior, sino con una llenura interior, una realidad profunda que produce plenitud de gozo y sentido de propósito en el andar diario. Es, en un sentido, volver a vivir la vida en la dimensión plena que la primera pareja experimentó en el Edén.
Restaurar en el hombre esta realidad es el fruto de su «buena voluntad» hacia nosotros. No lo mueve otra cosa que la generosidad de su espíritu, el darle forma visible a su misma esencia, que es la de ser benévolo con aquellos que él creó. Esto es lo que Jesús llegaría a llamar la perfección del Padre, una cualidad que lo lleva a ser «bondadoso [aun] para con los ingratos y perversos» (Lc 6.35). Su buena voluntad, a diferencia de nuestros criterios tan selectivos y exclusivistas, no deja afuera a nadie, algo que frecuentemente ofende nuestras sensibilidades. El marcado contraste ente él y nosotros es el que lleva a los ángeles a esta incontenible adoración, a proclamar con incontenible alegría: «¡Gloria a Dios en las alturas!»
Los incalculables beneficios que hemos recibido porque Jesús escogió acercarse a nosotros debe llevarnos a unir nuestra voz a la del salmista, exclamando: «Te exaltaré mi Dios, oh Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre. Todos los días te bendeciré,
y alabaré tu nombre eternamente y para siempre» (Sal 145.1–2).
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