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Hijos

¿Qué de los párvulos?

15 julio, 2005722 visitas


Tercer artículo de la serie: La medicina para ellos


Queda claro que lo que hemos dicho en los artículos anteriores no se aplica a párvulos y niños que aún no han alcanzado la edad de entendimiento y responsabilidad. Están espiritualmente muertos, tienen una naturaleza pecaminosa y están fuera del reino de Dios. Eso está claro. Pero todavía no están bajo la ira y el juicio de Dios porque aún no son personas responsables. Todavía no le han rechazado conscientemente, y hemos visto que dicho rechazo es lo que trae condenación (Juan 3:18 y 19).



Por lo tanto yo creo y estoy seguro que si un párvulo, o un niño que no ha alcanzado la edad de responsabilidad, muere, entra inmediatamente en la presencia de Dios. Aún no es responsable, no ha rechazado a Jesucristo y por lo tanto no queda condenado.



Carlos Spurgeon dijo en un sermón la mañana del domingo 29 de septiembre de 1861: «Basamos sobre la bondad de la naturaleza de Dios nuestra convicción de que los párvulos que mueren son salvos. La doctrina de que algunos párvulos se pierden es totalmente repugnante y contraria al concepto que tenemos de Aquél cuyo nombre amamos. ¿Su Dios desecharía a un párvulo? Si su Dios hiciese eso, me alegra decirles que no es a ese Dios al cual yo adoro.»



Estos párvulos y pequeños están espiritualmente muertos y fuera del reino de Dios. ¿Entonces cómo pueden ingresar al cielo? La Biblia no lo explica. Podría ser que Dios regenera a estos pequeños que no son responsables y que nunca le han rechazado, mediante un acto de gracia en el momento de la muerte. Entonces pueden ingresar al cielo porque por un acto soberano de Dios han recibido vida espiritual y por ende pueden entrar a su reino.



Cuando el pequeño hijo de David estaba gravemente enfermo y a punto de morir (2 Samuel 12:15-19) él estuvo sumamente afligido. Pero cuando el bebé murió (2 Samuel 12:19) David ya dejó de afligirse. ¿Por qué? Porque creyó que algún día se reuniría con su hijo. Dijo: «Yo iré adonde él está, aunque él ya no volverá a mí» (2 Samuel 12:23). Esto fue un gran consuelo para David.



Tomado y adaptado del libro ¿Por qué evangelizar a los niños?, Sam Doherty, Desarrollo Cristiano Internacional, 2002, pp. 53–54

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