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Liderazgo

Desamparado, pero en buena compañía

15 julio, 2005522 visitas


Si pudiéramos retroceder en el tiempo para buscar la más genuina expresión de la declaración del Padre «este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia», la última escena que examinaríamos sería la de Cristo desnudo, colgado de la cruz, agonizando, mientras los soldados lo hostigaban con sus burlas. No encontramos aquí ninguna evidencia del amor poderoso y profundo de un Dios tierno y presente. El clamor angustiado de Jesús «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» —la única persona cuya vida había sido en perfecta obediencia— parece confirmar nuestra observación.


Sí, ¡desamparado! Jesús, en medio de la angustia, se sintió desamparado por el Padre. No cabía, en ese momento de agónico sufrimiento, la realidad de un Dios presente y amoroso. Resulta fácil para nosotros, informados por el relato bíblico, ver la cruz y la resurrección como manifestaciones del amor de Dios. Sin embargo, ¿por qué no pudo Jesús disfrutar, en ese momento, del amor de Dios? ¿No era él perfecto? ¿No tenía en claro el futuro?


Muchos siglos antes de la muerte de Jesús, le tocó a Job agonizar por la pérdida de su familia, sus bienes y su salud. Experimentó el desamparo de su Dios, aun cuando el Señor lo había declarado un hombre justo. ¿Dónde estaba el Dios de amor y poder?


Otros siervos escogidos de Dios tampoco entendieron el desamparo de Dios en momentos de gran dificultad personal: Abraham, después de haber llegado en obediencia a la tierra prometida, se encontró de cara a la hambruna. David fue ungido como rey mas no escapó de una intensa persecución por parte de un hombre que se había propuesto asesinarlo. ¿Y qué de nuestro amigo Jeremías, el profeta de los lamentos? Muchos biblistas consideran que fue muerto aserrado, y esto como culminación a toda una vida de sufrimiento producto de su fidelidad a Dios.


Una de las verdades que claramente aprendemos de las Escrituras es que Dios permite (tal vez, hasta ordena) experiencias de profundo sufrimiento en la vida de sus hijos y siervos. Muchas veces esto es el resultado de nuestro propio pecado; otras, fruto del pecado de otros. No debemos, tampoco, olvidar que gran parte del dolor y las tremendas injusticias que sufrimos son causadas por el mismo Satanás. De estas, ninguna guerra espiritual nos librará hasta que, como en el caso del mismo Job, Dios diga «basta».


El Señor no parece estar interesado en librarnos, de manera rápida y decisiva, de estas angustias y dolores. El sufrimiento de Job se extendió por lo que pareció toda una eternidad. Otros han gustado de la muerte mientras aún seguían esperando la liberación. En ocasiones como estas los santos luchan para mantener viva su fe, especialmente cuando saben que Dios podría resolver con gran facilidad su situación personal.


Karl Goerdeler, un pastor de origen alemán que fue ejecutado por los nazis, exclamó, poco antes de morir:


«Con frecuencia me he preguntado, en noches de desvelo, si existe un Dios que comparte los destinos personales de los hombres. Se me torna difícil seguir creyendo en esta verdad. Este Dios ha permitido durante años la manifestación, entre los hombres, de ríos de sangre y sufrimiento, montañas de desesperación y horror. Él ha permitido también que millones de personas decentes sufran y mueran, sin siquiera levantar un dedo a favor de ellos. ¿Es esta la manifestación de un juicio? Al igual que el salmista, estoy enojado con Dios porque no logro comprenderlo… Y sin embargo, por medio de Cristo, sigo buscando al Dios de misericordia. No lo he hallado aún. O Cristo, ¿dónde está la verdad? ¿Dónde se encuentra la consolación?»



Seguramente reaccionamos horrorizados cuando escuchamos a alguien expresar semejantes dudas con respecto a Dios. No obstante, los Salmos (los más conocidos son el 22 y 44) están repletos de declaraciones como esta: «Despierta; ¿por qué duermes, Señor? Despierta, no te alejes para siempre».


Lo interesante es que Dios las incluyó en su santa Palabra, junto al relato de la angustia de otras figuras como Job, Elías y el mismo Jesús. Pareciera que él desea mostrarnos que no le perturba que nosotros, en tiempos de intensa angustia personal, nos sintamos desamparados y abandonados. Tampoco tiene problemas con que expresemos estos sentimientos. Nuestras luchas internas —que surgen de lo que nos parece incomprensible— no alarman a nuestro Dios. El Señor entiende por qué nos sentimos de esta manera y lo considera válido.


Jesús echó mano del Salmo 22 para expresar su sensación de desamparo. Tal vez nosotros, también, debemos expresar con confianza nuestra crisis de fe, sabiendo que Dios nos escucha y entiende, aun cuando no responde. La Palabra da un marco de legitimidad a nuestra honesta lucha de mantener intacta nuestra fe. Le honra al Señor que le traigamos nuestras preguntas, aunque estas tengan tono de reproche. De alguna manera constituyen la afirmación de que él es la única respuesta que tenemos.


Dios está en perfecta paz aun cuando yo no lo estoy. Se muestra comprensivo con mi lucha y no se escandaliza por mi clamor. En lo que a mí respecta, me encantaría que él respondiera rápidamente al clamor de sus santos. Me reconforta, sin embargo, saber que me acepta incluso, cuando lucho con dudas acerca de su proceder. Él es Dios, y yo soy apenas un ser humano, limitado, finito y desesperado. Cuando lleguemos a su presencia celestial, entenderemos. Mientras tanto, seguiremos clamando.



© Apuntes Pastorales, Volumen XXI – Número 2

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