La última palabra
«Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a Pedro, a Jacobo, a Juan y al padre y a la madre de la niña. Todos lloraban y hacían lamentación por ella. Pero él dijo: “No lloréis; no está muerta, sino que duerme.” Y se burlaban de él, porque sabían que estaba muerta».
La escena, culminación de la extraña serie de eventos que hemos venido examinando, revela mucho acerca de los principios que gobernaban el ministerio de Jesucristo. No se nos escapa, por ejemplo, la convicción de que el entorno espiritual afecta las posibilidades de ministerio.
No obstante, observamos que Cristo no dejó de ministrar, sino que tomó los recaudos necesarios para hacerlo eficazmente: prohibió la entrada de todos los curiosos y burlones, e invitó solamente a su grupo más íntimo, junto a los padres. De este modo se aseguró que fueran partícipes de la operación del Espíritu solamente aquellos que deberían tener acceso a las intimidades del reino. Aunque no siempre podemos controlar de esta forma el ambiente en que ministramos, debemos estar atentos a los elementos que impiden que el Espíritu fluya como debe. En ocasiones, incluso, será sabio esperar momentos más propicios para avanzar en lo que Dios está preparando delante de nosotros.
Asimismo, advertimos que Jesús nunca perdía de vista que también era formador de personas. Esta es una responsabilidad que el líder debe tener siempre presente, pues cada oportunidad para ministrar es también una oportunidad para enseñar a otros. Note con cuánta facilidad se logran los dos objetivos, pues no hace falta una cátedra acerca del ministerio. Basta con que el Maestro ofrezca a sus discípulos la oportunidad de observar cómo entra en acción en diferentes situaciones. Como hemos señalado en otras ocasiones, la herramienta más poderosa que tiene a su disposición un formador de vidas es su propio ejemplo. Por esta razón resulta productivo nunca ir a ningún lado sin invitar a los discípulos a que lo acompañen en la experiencia.
Esta experiencia debe ser respaldada, por supuesto, con el diálogo acerca de lo observado. Ya hemos advertido en el ministerio de Jesús que esta es una de las constantes en su relación con los discípulos. Propiciaba amplias oportunidades para que ellos le preguntaran acerca de lo que habían observado en Sus hechos y enseñanzas. De este modo, la enseñanza continuaba aun después de que su líder terminaba de ministrar. Así, el Señor aprovechaba al máximo las oportunidades que el Padre preparaba delante de él cada día.
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