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Hijos

Un picnic con Jesús; Segunda Parte

15 julio, 2005705 visitas

El Club del Descubrimiento y las enseñanzas de un juego maravilloso. (¡Si existiera…!)



Resumen del capítulo anterior



Varios niños Elena, Matías, Cristóbal, Elizabeth y Sara forman parte del Club del Descubrimiento y se reúnen todos los sábados para disfrutar experiencias con una maravillosa máquina: el Discovery 3. Esta máquina-juego es una computadora (imaginaria, por cierto) que puede recrear, mediante un juego de luces multicolores, las escenas de la Biblia en forma tridimensional. ¡Como si uno estuviera allí! En el episodio pasado que continúa en este capítulo, los niños estaban de picnic con Jesús. Habían llevado sus emparedados al Club del Descubrimiento y se encontraban, con la ayuda de la “máquina maravillosa” en uno de los momentos en que el Señor estaba enseñando a la multitud. Los niños pudieron ver como Jesús curó milagrosamente la sordera en una niña y ahora se acercaba la hora del mediodía.



En ese momento, algunos hombres se acercaron hasta Jesús. “Señor, el lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a la multitud, para que vayan por las aldeas y compren de comer. Lentamente, Jesús se levantó. Parecía muy cansado. “No tienen necesidad de irse”, dijo él. “Dadles vosotros de comer”. “¡Pero mira toda la gente que hay!”, dijo otro hombre. “Hay miles”.


“Aquí hay un niño con cinco panes y dos peces”, dijo otro, “pero, ¿cómo alcanzarán para tanta gente?”


¿Panes y peces? ¿Qué tipo de almuerzo es ese?, dijo Cristóbal.


¿No conoces lo sandwiches de atún?, contestó Sara. ¡Son riquísimos!


Eh, ¿a dónde está yendo Elizabeth?, dijo Elena.


Elizabeth había pasado por donde estaba el muchacho con los panes y los peces, y se hallaba parada frente a Jesús.


Jesús, puedes tener mi merienda también, dijo ella, y le tendió sus galletas y el vaso con el refresco de ciruelas.


Los niños pronto se detuvieron. No podían creer lo que ocurrió a continuación.


Mientras Elizabeth extendía su almuerzo hacia Jesús, parecía como que Él estuviera mirándola directamente a ella y luego extendió su brazo.


¡Quiere su almuerzo!, susurró Sara a Matías. A los otros niños, a Elena, a Juan y a Cristóbal, también les pareció eso. Quedaron allí parados con los ojos bien abiertos.


“Tráiganlos aquí”, dijo Jesús.


Elizabeth dio otro paso hacia adelante para entregarle a Jesús su almuerzo, pero Él no se agachó a recogerlo. Un hombre llegó hasta donde Jesús estaba, trayendo a un niño que tenía un pequeño cesto. Se detuvieron justo al lado de Elizabeth.


Jesús se arrodilló cerca del niño.


“Hijo, ¿puedo tener tus panes y pescados?”, preguntó él.


El muchacho asintió y le entregó a Jesús su canasta.


A esta altura, los niños se dieron cuenta de cuál era el almuerzo que Jesús quería, y Elena tomó a Elizabeth de la mano:


Vuelve aquí conmigo, Elizabeth. No creo que Jesús precise tu almuerzo.


Recordemos que aquí la gente no puede vernos ni oírnos, dijo Cristóbal. Estamos sólo por la máquina, en medio de las luces.


Los amigos de Jesús conversaban entre ellos. “Qué es lo que va a hacer ahora?”, se preguntaban.


¿Cinco panes y dos peces? ¡Eso no es suficiente alimento para todas estas personas!, dijo Cristóbal.


“Está cansado, es todo. Despidamos a la gente para que pueda descansar”, dijeron algunos de los amigos de Jesús.


Jesús se paró, sosteniendo el cesto de comida, y dijo: “Hagan que la gente se siente en grupos sobre el pasto”.


Los hombres intercambiaron miradas.


“Hagan como él les ha dicho”, dijo uno finalmente.


A medida que caminaban entre la gente, diciéndoles que se sentaran en grupos de aproximadamente cincuenta personas, Jesús miró hacia el cielo y oró: “Padre, gracias por la comida de este niño”. Luego llamó a sus amigos para que volvieran.


“Entreguen a todos algo para comer”, dijo Él, y comenzó a partir en pedazos los panes y a entregárselos a sus amigos. Entregó un pescado a uno de los hombres, y luego tomó otro del cesto. Partió más pan, y tomó otro pez, y luego otro.


“¡Esto es más que dos peces!”, dijo un hombre.


Jesús no dijo nada. Continuó partiendo pan y sacando más peces del mismo canasto.


“Precisamos más cestos, Tomás!”, gritó un hombre. “¡Ve si podemos conseguir otros prestados!”


¿Qué es lo que está sucediendo?, dijo Cristóbal a Matías.


Jesús está alimentando a la gente. ¡A todos!, dijo Matías. Vengan todos. Vayamos a sentarnos allí. Precisamos comer, también, les dijo a los otros niños.


Los muchachos corrieron hasta el pie de la colina y se sentaron. Allí comieron sus emparedados, galletas, “papas chip”, mientras observaban cómo los amigos de Jesús continuaban volviendo hasta donde él estaba para pedirle más alimentos. Cada uno de ellos cargaba cuantos cestos podía, y se apresuraban a subir la colina para entregar la comida a la gente. Iban y venían, hasta el punto de parecer que no podían caminar más. ¡Eran cinco mil para alimentar!


A medida que el sol se ocultaba detrás de los cerros, el último grupo de gente recibió varios cestos de comida. Los amigos de Jesús retornaron y se sentaron a comer, también.


¿Cómo lo haría?, dijo Cristóbal. ¿Cómo pudo Jesús alimentar a toda esa gente?


Simplemente hizo más pan y pescado, dijo Elena.


Pero nadie puede hacer peces así, dijo Cristóbal. Uno tiene que pescarlos, como Pedro lo hacía con redes.


¿Te olvidas que Jesús es Dios?, preguntó Matías. Si Dios fue el que hizo los peces al principio, Él puede hacer tantos como quiera, en cualquier momento.


Estaba oscureciendo cuando los amigos de Jesús habían juntado todos los sobrantes de comida de la gente, doce cestos llenos. Los niños estaban sentados demasiado lejos para oír lo que Jesús decía a los hombres, pero todos comenzaron a caminar hacia la orilla.


Seguro que van a dar un paseo por el lago, dijo Cristóbal. Vayamos con ellos.


No creo que debamos, dijo Elena.


Oh, vengan, dijo Cristóbal.


¿Por qué no?, dijo Matías.


Nada nos sucederá, dijo Cristóbal.


Si permanecemos juntos y con los amigos de Jesús, no nos pasará nada, ¿verdad, Matías?


Matías miró a Elena.


Tiene razón. Vayamos con ellos.


Elena se detuvo.


¿Quieres, Sara?


Sí, iré, y Elizabeth, también.


¿Y tú, Juan?


Asintió.


Bien, mientras permanezcamos juntos, dijo Elena.


Todos corrieron para alcanzar a los hombres y llegaron a la orilla justo cuando los hombres comenzaban a subir en la embarcación.


Saltaron dentro de la barca, mientras Matías ayudaba a Elizabeth.


¡Esto es fantástico!, dijo Cristóbal. Un paseo en bote, ¡y gratis!


Sin embargo, poco tiempo después, al caer la noche, el viento comenzó a soplar. Las olas comenzaron a mover la barca un poco. Elizabeth se arrimó más cerca de su hermana.


No deberíamos haber hecho esto, Elena le susurró a Matías.


Los niños estaban quietos, escuchando a los hombres, quienes no parecían preocupados.


No está tan mal, dijo Cristóbal.


Pero luego, uno de los hombres gritó, “¡Miren allí!” “¿Qué es?”


“¡Es algo que camina sobre el agua! ¡Debe ser un fantasma!”


Los hombres parecían muy asustados, pero luego una voz resonó: “Tengan ánimo. ¡Soy yo; no teman!”


Con voces aquietadas se decían los unos a los otros:


“¡Es el Señor! ¡Es el Señor!”


“¿Es verdaderamente Él, Pedro?”


Pedro se levantó.


“¡Señor! Si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”.


“¡Ven, Pedro!”


Pedro miró a los otros. Luego se volvió y descendió de la barca.


¡Estaba parado sobre el agua! ¡No lo podía creer!


Lentamente comenzó a caminar hacia Jesús. Pero de repente se detuvo, miró a las amenazantes olas a su alrededor, y comenzó a hundirse.


“¡Señor! ¡Sálvame!, comenzó a clamar”.


Jesús extendió su mano y tomó a Pedro.


“¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”, dijo Él.


Cuando Jesús y Pedro entraron en la barca, el viento paró.


“¡Verdaderamente eres Hijo de Dios!”, dijeron los hombres, y se arrodillaron ante Jesús.


En ese momento las luces del Discovery 3 hicieron un cambio y la escena comenzó a desvanecerse. Segundos después los niños se encontraban nuevamente en el subsuelo de la casa de Elena, con la computadora Discovery 3 frente a ellos.


¡Uau!, dijo Cristóbal. ¡Caminar sobre agua!


¿Cómo estuvo eso, muchachos?, dijo el Sr. Benítez.


¡Fue el mejor picnic que jamás haya tenido!, dijo Sara.


¿Pudiste ver lo que hizo Jesús?, preguntó Elena.


¡Sí!, pero no los pude ver a ustedes.


Estábamos en la barca con los amigos de Jesús, dijo Juan.


Estuvieron con los discípulos en el lago, aclaró el Sr. Benítez. Parecía estar sorprendido, …y un poco preocupado. Elena y Matías se miraron el uno al otro.


Sí, Papá, estuvimos allí, dijo Elena. ¿Estuvo bien que lo hiciéramos?


Supongo que sí, dijo Rómulo Benítez. Todos están bien, pero… ¿qué hubiese sucedido si uno de ustedes hubiera caído de la barca?


¡Yo tenía un poco de miedo!, dijo Elizabeth.


Elena abrazó a Elizabeth.


Está bien, Elizabeth. Yo también sentí miedo, dijo ella.


Yo también tuve miedo, dijo Matías, hasta que vi a Jesús caminando sobre el agua. Allí supe que estaríamos bien.


El Sr. Benítez estaba a punto de decir algo, pero se detuvo un momento.


Permíteme que te haga una pregunta, Matías, dijo él. ¿Tienes miedo de mudarte a Puerto Bueno, si tu papá cambia de trabajo?


Todos los niños estaban callados. Luego Matías dijo: Creo que tengo miedo de hacer nuevos amigos.


Sé lo que quieres decir, dijo el Sr. Benítez. Pero, ¿puede Jesús quitar esos sentimientos, así como lo hizo cuando estabas en la barca?


Matías sonrió. También lo hizo el Sr. Benítez.


Creo que has hecho otro descubrimiento importante, Matías.



© Moody, 1987. Usado con permiso.


Los Temas de Apuntes Pastorales, volumen III, número 1. Todos los derechos reservados

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