Todo es conocido
El relato del evangelista cita: «entonces, cuando la mujer vio que había sido descubierta, vino temblando y, postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa lo había tocado y cómo al instante había sido sanada. Él le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz.”»
Preguntábamos, ayer, por qué Jesús insistió en identificar a la persona que lo había tocado cuando la obra de sanidad ya estaba completa. Queda claro que Cristo no tenía en mente agregarle nada a este aspecto de la obra que el Padre había realizado en la vida de la mujer. Ella, naturalmente, estaba enteramente enfocada solamente en el aspecto físico de su vida. La entendemos, porque esto había consumido sus energías y recursos económicos durante más de diez años.
Este comportamiento, sumado al hecho de que se había acercado a Jesús en forma solapada, parecería indicar un corazón temeroso y, quizás, derrotado. Posiblemente muchos en la multitud la conocían. De todos modos, es evidente que creía que no podía «molestar» al Mesías por algo que ningún otro había podido solucionar. ¿No es acaso, también, esta convicción la que frecuentemente nos lleva a nosotros a dudar de que nuestro buen Padre celestial tenga disposición de ayudarnos? Sin darnos cuenta, nos encontramos haciendo «buena letra», para que nuestra petición y nuestro deseo sea recibido con mayor agrado. Es como si sintiéramos que nos estamos tomando una atribución que no nos corresponde.
Todo esto revela lo poco que conocemos el corazón del Dios cuyo deleite es hacerle bien a los suyos. Note la total ausencia de reproches en las palabras de Cristo hacia la mujer. Su declaración confirma que el Padre le daba, libremente, lo que ella había procurado. Es como si él le estuviera diciendo: «no hacía falta venir a escondidas; mi corazón es un corazón lleno de compasión, y todos son bienvenidos en mi presencia».
Es posible, también, que Cristo deseara que ella diera testimonio público de lo que había experimentado. Como hemos visto en otros relatos, la bendición de Dios nunca es para ser disfrutada a escondidas. Él bendice para que otros también sean bendecidos con la bendición que hemos recibido, lo que incluye la posibilidad de que se gocen con nosotros en nuestra restauración. Para los que andamos en luz nuestra vida completa debe ser vivida a plena vista de los demás, renunciando a todo lo que nos lleva a obrar en forma encubierta. En las palabras de Jesús la mujer encontró liberación de la vergüenza y la opresión que su aflicción le habían traído.
Producido y editado por Desarrollo Cristiano Internacional para DesarrolloCristiano.com. Copyright ©2003-2010 por Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados.

