El «evangelio» de la conveniencia
Siempre debe ser motivo de preocupación para nosotros que nuestra principal actividad sea censurar a quienes no se comportan conforme a los criterios que consideramos apropiados para la vida. Aunque la Palabra claramente condena a quienes llaman bueno lo malo y malo lo bueno, evidentemente algo no funciona en la persona cuya preocupación principal es hacer las veces de «policía» espiritual, mirando siempre con aire de sospecha a los demás. La actitud revela la existencia de un corazón legalista y amargado, en el cual el gozo de vivir no es tan fuerte como la indignación contra otros.
Seguramente algo de esto preocupaba a Cristo. No perdió tiempo en discutir sobre el comportamiento de sus discípulos sino que confrontó directamente la vida de quienes formularon las acusaciones. Uno de los problemas comunes de aquellos que están acostumbrados a condenar a los demás es dejar de mirar su propia vida,, de tal manera que pierden la consciencia de su condición de fragilidad e imperfección. En este caso, la indignación de los fariseos se originaba en una actividad que ellos mismos nunca hubieran practicado. No obstante, al concentrarse en los hechos del momento, olvidaron el principio general que aparentemente intentaban defender, que era el compromiso absoluto con la obediencia a la Palabra de Dios. Con unas pocas frases Jesús señaló la forma puntual en que ellos cometían el mismo pecado.
La práctica a la que se refiere Cristo era la consagración de las pertenencias o el dinero por medio de un juramento. El compromiso que implicaba este juramento significaba que aquello que había sido apartado estaba reservado exclusivamente para los asuntos de Dios. De esta manera, ejecutando el pacto, muchos aseguraban la exclusión de la familia de sus bienes. Esta práctica era muy común con respecto a los padres, pues libraba a los hijos de la responsabilidad de cuidarlos en su vejez. Cristo señala la contradicción de la práctica porque el aparente compromiso con Dios les libraba del compromiso de cumplir con la Palabra de Dios. Un ejemplo contemporáneo podría ser el de la mujer que se convierte y, por su nueva devoción a Dios, pasa todo el día en reuniones, y así roba el tiempo que debe invertir para atender las necesidades de su familia. El hecho es que nuestro compromiso con Dios nunca puede ser tal que termine dañando a quienes tenemos más cerca de nosotros.
Siempre resulta fácil para nosotros condenar algunos pecados que son, convenientemente, prácticas que nosotros no tenemos. Condenamos con vehemencia a quienes fuman, por ejemplo, porque la mayoría de nosotros no fuma. Pero el principio detrás de nuestra condenación el cuerpo es el templo del Espíritu Santo no es la que rige nuestra vida, pues comemos mucho más de la cuenta, no hacemos ejercicio y dormimos mucho menos de lo indicado. De este modo nuestra aparente «espiritualidad» se convierte en una burla, pues resulta claro que nuestro compromiso no es serio.
Observe el texto de Isaías que el Mesías escogió para describir el corazón de los fariseos. ¿Qué significa «honrar de labios» a Dios? ¿Por qué los acusó de enseñar como doctrina los mandamientos de hombres? ¿Cómo podemos diferenciar entre uno y otro?
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