Distancia abismal
Una vez más el Maestro de Galilea lleva a sus oyentes al plano del corazón, el único plano que realmente tiene peso en el reino de los cielos. Por medio de una cita del profeta Isaías identifica la raíz del problema que neutraliza las accionas del hombre religioso. «Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: “Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres”» (7-9).
La distancia física que separa los labios del corazón es apenas de unos 30 centímetros. En asuntos relacionados al ejercicio de la vida espiritual, sin embargo, la distancia entre el uno y el otro puede ser abismal. Lo triste de la religiosidad es que contribuye a que esta brecha se torne cada vez más pronunciada, pues el ejercicio religioso se concentra siempre en las formas externas y visibles de la vida espiritual.
El problema de esta postura es que el sujeto ignora que el ingrediente principal de la vida espiritual gira en torno de las relaciones. La interacción con los demás no puede ser desarrollada con una serie de reglas. Si bien es verdad que todas las relaciones están regidas por principios universales, su implementación requiere de un corazón sensible y la flexibilidad necesaria para adaptarse a las particularidades de cada situación. La participación del espíritu en la experiencia de relacionarse con otros es la que garantiza que haya un intercambio de vida, pues, como afirma el autor de Proverbios, «del corazón fluye la vida» (4.23).
Nuestra tendencia a caer en una vida de religiosidad debería impulsarnos a una postura de permanente vigilancia. Si prestamos atención a los diferentes momentos de nuestra vida espiritual rápidamente podremos identificar situaciones donde la actividad está divorciada de la devoción interior. Pronunciamos oraciones que utilizan siempre las mismas frases o cantamos coros mientras la mente se concentra en alguna preocupación laboral o familiar. Es demasiado sencillo desconectar el corazón como para que nos confiemos de que nuestras acciones son verdaderamente ejercicios espirituales. Es precisamente por el poco esfuerzo que demandan las formas externas que tan fácilmente desconectamos el corazón de la práctica de la devoción.
El apóstol Pablo señala un «atractivo» adicional a la religiosidad: Tales cosas tienen a la verdad la apariencia de sabiduría» (Co 2.23). La humillación de uno mismo y el trato severo del cuerpo nos ofrecen el medio perfecto para impresionar a los que están a nuestro alrededor, y este logro nunca deja de ser atractivo para quienes procuran alcanzar la aprobación o la admiración de los demás.
Cristo sabía cuan fuerte es el atractivo de la religiosidad; por esto, llamó a los discípulos y les ofreció una explicación.
Lea los versículos 10 y 11. El creer que lo que entra por la boca es lo que contamina delata una forma de ver la vida. ¿Cuál creencia sostiene esta perspectiva?
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