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Inspiración

No hay claridad

19 octubre, 2012Desarrollo Cristiano1454 visitas
Miqueas 15:1-20

El hecho de que la multitud tampoco entendiera lo que Cristo decía revela cuánto había penetrado en la mente del pueblo la influencia de los fariseos. La gente, sin ser practicantes, tomaba por sentado que las enseñanzas de los fariseos, aunque estrictas, se fundamentaban en alguna verdad incuestionable.Solamente el ejercicio de la vida espiritual agudiza nuestros sentidos para percibir el mover de Dios y entender los principios que sostienen el reino de los cielos.

Al igual que en otras ocasiones, Pedro asumió el papel de vocero y dijo: «Explícanos esta parábola» (v. 15). Jesús inmediatamente respondió: «¿También vosotros estáis faltos de entendimiento?» (v. 16). Quizás le sorprendió que algo tan sencillo no le resultara claro a los discípulos o le impactó cuán arraigadas estaban las enseñanzas de los fariseos en la mente del pueblo. El hecho es que hasta las verdades más simples son misterios ocultos para quienes practican un servilismo ciego a las manifestaciones externas de la vida espiritual. Notamos en la pregunta de Cristo la misma frustración que expresaría, años más tarde, el autor de Hebreos: «Acerca de esto tenemos mucho que decir, pero es difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír. Debiendo ser ya maestros después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales, que tenéis necesidad de leche y no de alimento sólido» (5.11-12).

Existe una progresión natural en la vida espiritual por la que las verdades más profundas del reino comienzan a ser comprensibles. Esta condición se logra cuando hemos incorporado a nuestra forma de vivir las verdades elementales de la fe. Si estas han quedado en el plano de la teoría, almacenadas en la mente en lugar de arraigadas en el corazón, se apodera de nosotros una especie de sopor espiritual que no nos permite avanzar hacia las profundidades de Dios. Esta es la razón por la cual encontramos en nuestras congregaciones muchas personas que llevan años en el «camino» pero permanecen en el mismo estado que cuando se convirtieron. Solamente el ejercicio de la vida espiritual agudiza nuestros sentidos para percibir el mover de Dios y entender los principios que sostienen el reino de los cielos.

No hace falta una inteligencia privilegiada para entender lo que Jesús señalaba a las multitudes: «¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre y es echado en la letrina?» (v. 17). La comida pertenece al mundo de la materia inanimada, con las mismas características que puede tener la arena, la roca o el agua. Por no poseer espíritu no participa del conflicto precipitado por la rebeldía de Satanás y sus huestes de maldad. La comida no es ni buena ni mala, por lo que ninguna persona puede afirmar que es posible contaminarse espiritualmente por el contacto con algo inanimado. La afirmación es absurda y revela un profundo grado de ignorancia en cuanto a la realidad del mundo espiritual.

Es por esto que el trato severo al cuerpo que Pablo denunciaba en Colosenses 2 «no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne» (v. 23). La verdadera espiritualidad se cultiva en otra esfera enteramente diferente. Jesús amplió su enseñanza hablando del corazón. ¿Qué características le atribuyó? ¿Cuál es el camino para lograr la transformación del corazón?

Producido y editado por Desarrollo Cristiano Internacional para DesarrolloCristiano.com. Copyright ©2003-2010 por Desarrollo Cristiano, todos los derechos reservados.

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