Ofensas que no son
La reacción de los fariseos ante las palabras de Cristo debe haber sido de indignación. ¿Cómo podía atreverse este neófito a cuestionar una de las doctrinas fundamentales de la religión que practicaban? ¿Acaso no había sido avalada y practicada por generaciones de maestros sabios y entendidos en los asuntos de la ley? Se podía entender que Jesús, por su falta de adecuada preparación, cometiera ciertos errores naturales en sus enseñanzas, ¡pero esto rozaba lo ridículo!
Esta clase de reacción es común en nosotros cuando alguien cuestiona una creencia o una práctica que consideramos sagrada. La reacción en sí no debe distraernos de la necesidad de examinar los méritos de lo que la persona dice. Toda idea o enseñanza novedosa es resistida en un primer momento, pero la resistencia frecuentemente se relaciona con nuestro apego a las tradiciones que sostienen nuestra vida.
Cuando un visionario inglés propuso que se podía empezar una escuela los domingos para educar a los niños que trabajaban de lunes a sábado, fue la Iglesia la que elevó las más indignadas protestas. ¿Cómo podía llevarse a cabo esta tarea en el día de reposo? Hoy, a más de 200 años de aquella osada propuesta, no existe congregación que no tenga escuela dominical. Del mismo modo, cuando Hudson Taylor propuso que los misioneros vistieran el atuendo común de los pueblos que pretendían alcanzar, los veteranos misioneros lo descartaron como un extravagante. En nuestros tiempos, sin embargo, la identificación con las naciones a quienes se envían misioneros es considerado una de las claves para el éxito del emprendimiento.
Los discípulos se alarmaron por la reacción de los fariseos y no tardaron en comunicar a Cristo lo que había pasado. La respuesta de los fariseos, sin embargo, no lo perturbó. Con una frase que seguramente les resultó enigmática «toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada» (13) indicó que no siempre debemos preocuparnos por las reacciones de las personas. La declaración es particularmente apta para la época en que vivimos. En algunas culturas el compromiso de no ofender prácticamente ha sido elevado a una religión oficial. Por el afán de no lastimar los sentimientos de nadie se ha instalado una filosofía en la que el gesto más elevado es aceptar a todos, no importa cuan extraños o errados sean sus caminos. Esta es la cultura que ha dado su bendición a los «matrimonios» con cónyuges de un mismo sexo, el divorcio como un estilo de vida, o los cultos a las fuerzas de la naturaleza.
Para los que andamos en Cristo, debemos entender que es imposible identificarse con el reino sin causar ofensa. Es más, se podría afirmar que, en algunos, la ofensa es una confirmación de que la palabra ha dado en el blanco. Por supuesto que esto no nos da licencia para ser groseros ni agresivos. La verdad, no obstante, resultará escandalosa a quienes viven en tinieblas. Lo que debe preocupar a la Iglesia siempre es que su mensaje sea recibido con indiferencia, pues la apatía indica que la palabra no ha conmovido en nada a los oyentes. Nunca vemos a las multitudes que rodeaban a Jesús actuando de esta manera. Él los estimulaba, desafiaba u ofendía, pero después de escucharlo, sufrían alteración en su ánimo.
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