Para evitar convertir a las riquezas en nuestro dios no hay negar el poder que pueden tener sobre nosotros.
Avancemos siempre confiados en la dirección que el Señor está señalando.
Muchos esperan en su vida espiritual manifestaciones dramáticas, pero la obra de Dios es lenta.
La adoración es, en últimas instancias, el resultado de un dramático y profundo encuentro con Dios.
Nuestras conversaciones evangelizadoras deben conducir a nuestros interlocutores cada vez al plano de su propio corazón.
Nuestros esfuerzos por evangelizar se tornan ineficaces cuando dependen de argumentos, respaldados por versículos apropiados y no de la dirección del Espíritu



