¿Y ahora qué…?
Jesús ha sorprendido dos veces a la mujer con revelaciones acerca de un agua que ella no conoce. Ella sigue sin entender, pero, de alguna manera, sabe que necesita lo que él le ofrece. Este es el principio de un cambio en su vida. Tome nota de que ella apenas entiende lo que está pidiendo.
Si somos honestos, debemos reconocer que, el día que aceptamos la invitación de Cristo de ser sus discípulos, tampoco sabíamos bien lo que hacíamos. Es más, probablemente no lo hubiéramos seguido si hubiéramos entendido lo radical del llamado. Mas él nos tomó con esa comprensión imperfecta y comenzamos a caminar juntos.
Nadie abre su corazón y confiesa sus pecados sin que antes se desate en su interior una feroz lucha.
Jesús ahora cambia de tema. Ella muestra interés en lo que él le está ofreciendo, pero es necesario que entienda que el pecado es un obstáculo para recibir todo lo que Dios ofrece. Sin titubear, le da instrucciones: «Ve, y llama a tu marido». ¡Qué desprevenida se habrá sentido la mujer! Repentinamente veía exhibido el fracaso de su vida.
¿Cómo sabía Jesús que ella estaba viviendo con un sexto compañero? Nuestra tendencia es a exclamar: «¡cómo no lo iba a saber, si él es Dios!» Si pensamos esto, es porque hemos descartado movernos como él se movía. ¡No acepte ese argumento erróneo! Cristo le dijo a sus discípulos que los enviaba como él había sido enviado, para realizar el ministerio del mismo modo que él (Juan 20.21). En el bautismo de Jesús vimos que el ministerio del Hijo iba a ser conducido en el poder del Espíritu.
El discernimiento que muestra ahora no es más que una manifestación de la presencia del Espíritu en la vida de Jesús. Nos ilustra cuán ineficaces resultan nuestros esfuerzos en la evangelización cuando se apoyan en una serie de argumentos intelectuales, respaldados por los versículos apropiados. La conversión es un acontecimiento netamente espiritual y debe ser conducida en el plano de lo espiritual. Para esto, es indispensable que nosotros cultivemos esa sensibilidad al Espíritu que nos proveerá la perspectiva que no podríamos obtener de otra manera. Este conocimiento revelará que la conversación no es un mero intercambio entre dos personas.
Sin duda Cristo sacudió a la mujer con su revelación. Queda claro que ella necesita beber de esta agua bendita. Nadie, sin embargo, abre su corazón y confiesa sus pecados sin que antes se desate en su interior una feroz lucha. En ocasiones preferimos simplemente ignorar el llamado a sincerarnos, y este es el camino que elije ella. Decide cambiar de tema e intenta distraer a Jesús con una discusión sobre el lugar correcto de adorar a Dios. Ignora que uno puede postergar la confrontación, pero no evitarla. Jesús simplemente la llevará al mismo punto por otro camino.
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