¡He aquí tu sierva!
Involucrarse con la persona de Jesús no siempre resulta en la experiencia tan placentera que imaginamos. El Señor puede invitarnos a transitar por un camino que despertará la censura en aquellos que son parte de nuestro entorno cotidiano. La única forma de responder es rendirnos a sus pies. De hecho, caminar con él es un llamado a volver a convertirnos cada día.
Desde la comodidad de quienes conocemos la totalidad de la historia de Jesús es muy fácil que le otorguemos al encuentro de Gabriel con María una irresistible mística. ¿Qué mujer no hubiera querido estar en el lugar de ella, escogida para tan sublime llamado?
Nada de esto parece preocupar al Señor. El que desee involucrarse con Cristo deberá entender que se ganará el desprecio y la condenación de los que andan en tinieblas. El mismo Hijo de Dios llegaría un día a interceder ante el Padre por sus seguidores, diciendo: «Yo les he dado tu palabra y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo». Solamente aquellos que están dispuestos a darle la espalda a la aprobación de los hombres podrán constituirse en verdaderos discípulos de él. ¿Será esta la razón por la que muchos de nosotros imponemos fuertes restricciones a nuestra vida espiritual, limitando nuestros encuentros con Jesús a unos pocos momentos por semana? Darle mayor libertad a él podría producir semejante descalabro en nuestro ordenado mundo y nunca más seríamos iguales.
La propuesta de Dios claramente implica para María la posibilidad de una vida de incomprensión y humillación. Es precisamente por esta razón que la respuesta de ella es tan sublime: «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra». Ante la incertidumbre de un futuro desconocido ella escoge la sumisión a Dios.
¡Cuanta grandeza revelada en esta sencilla actitud! La más intensa lucha interior debe, finalmente, desembocar en este punto. Los argumentos, las dudas, la incertidumbre, y aun la vida misma quedan rendidos ante la grandeza de aquel en cuyas manos está escondido nuestro destino. No vemos claridad sobre lo que nos depara el futuro, pero se ha apoderado de nosotros una extraña paz que no encuentra explicación.
Se instalará en lo profundo de nuestro ser la inconfundible convicción de que hemos escogido la vida, y quien escoge la vida no será defraudado.
©Copyright 2010, DesarrolloCristiano.com. Todos los derechos reservados.

