Misteriosa combinación
El autor de Hebreos argumenta, con eficacia, que el reposo que Dios ofrece al pueblo no se refiere simplemente a un lugar geográfico. Es un estado de bienestar espiritual que, notablemente, puede disfrutarse sin importar lo favorable o adversas que sean las circunstancias en las que nos encontramos.
Quisiera enfocar la vista en un solo concepto del texto de hoy, la palabra «esforcémonos». El léxico nos informa que la palabra significa hacer todo lo posible por procurar, activamente, esmerarse, apurarse por actuar, ocuparse con celo.
No tenemos más que leer estas frases para darnos cuenta que algo se espera de nosotros. Una espiritualidad pasiva que nos invita a una resignada espera no alcanzará en esta situación. Más bien, se nos comunica la idea de un trabajo enérgico, de una pasión orientada hacia la obtención de este beneficio tan anhelado, el reposo. Trabajar para lograr el descanso pareciera representar una contradicción.
Si prestamos atención al objetivo de nuestro esfuerzo, inmediatamente nos percatamos de lo que parece una clara contradicción. ¿Cómo es posible que trabajemos para entrar en un estado de descanso? ¿Acaso no es el reposo lo que hacemos «cuando no tenemos nada que hacer»?
Quizás la aparente contradicción entre el trabajo y el descanso nos ha descolocado. No vemos cómo el uno puede ser reconciliado con el otro, y por eso nos hemos inclinado por escoger uno de los dos. No obstante, esforzarse por entrar en el reposo prometido de Dios es uno de esos conceptos en la Palabra que solamente se entiende cuando se la considera en tensión con otra, que parece opuesta. El mismo concepto está presente en la exhortación que dirige el apóstol Pablo a su joven aprendiz, Timoteo: «… esfuérzate en la gracia que tenemos en Cristo Jesús» (2Ti 2.1 – RVC).
Cuando nuestra espiritualidad se construye exclusivamente sobre la gracia, produce un estado de haraganería consagrada a Dios. Cuando la espiritualidad se construye exclusivamente sobre el esfuerzo, produce la religiosidad agobiante del fariseo. El camino que debemos recorrer solamente es posible mediante la combinación equilibrada de estos dos elementos.
¿Por qué es necesario el esfuerzo para entrar en el reposo del Señor? Porque la irremediable tendencia del ser humano caído consiste en asumir el mando de su propia vida. Con solo observar a Pedro frente al Cristo que quiere lavarle los pies nos daremos cuenta lo irresistible que nos resulta ponernos al frente de todo, aún de lo que Dios está intentando hacer en nuestra vida. La ansiedad nos impulsa a hacer siempre algo, aunque sea lo incorrecto.
Si observamos al pueblo en el desierto, entenderemos nuestro llamado. Dios dirige nuestro peregrinaje. Nuestra vocación es seguir, pero hemos sido programados para dirigir, no para ser dirigidos. El esfuerzo, entonces, debe ser orientado hacia sujetar ese espíritu independiente a la soberana acción de Dios.
El desafío parece sencillo, pero solamente se logrará mediante el más enérgico esfuerzo. El Espíritu quiere, pero la carne se opone.
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