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Liderazgo

Avergonzar al enemigo

5 abril, 20111526 visitas

Hace unos años participé de un encuentro de educadores en la ciudad de Sao Paulo. Le pedí a los asistentes que identificaran los elementos que más habían influenciado su propio crecimiento como ministros. A pesar de que todos ellos eran profesores de seminarios teológicos, ninguno de los presentes señaló los estudios académicos como el factor de mayor influencia en su propia vida. Más bien hablaron de los hombres y las mujeres que habían dejado en ellos una huella imborrable a lo largo de los años.

Resulta difícil exagerar el impacto que produce el carácter de una persona sobre otra. Mucho después de que se hayan olvidado los detalles de experiencias puntuales compartidas, permanece la clara impresión acerca de cómo era esa persona. ¿Y qué del impacto de nuestra propia familia sobre nosotros? Aún después de décadas de separación, las marcas que dejaron sobre nuestro corazón padres y hermanos siguen indisolubles.

La intensidad de este impacto es primordialmente el fruto del carácter que posee una persona. Ningún líder puede ignorar el peso que ejerce su vida sobre los demás. La gente alrededor de nosotros nos está observando todo el tiempo. Nos miran cuando estamos relajados, en situaciones de tensión, en medio de conflictos o mientras desarrollamos actividades rutinarias. Y de lo que observan elaboran conclusiones acerca de la clase de personas que somos. Sus observaciones afectarán de manera dramática la credibilidad del mensaje verbal que proclamamos.

Quizás este principio es el que llevó a San Francisco de Assis a exhortar: Predica el evangelio siempre. Si fuera necesario, utiliza palabras. Entendía claramente que aquellos que han sido llamados a un ministerio público están «en el púlpito» a toda hora. Cada acción, cada gesto, cada frase, cada silencio comunica un mensaje.

El líder sabio no puede darse el lujo de descuidar este mensaje. Debe vivir según la exhortación de Pablo a Tito: «muéstrate en todo como ejemplo de buenas obras, con pureza de doctrina, con dignidad, con palabra sana e irreprochable, a fin de que el adversario se avergüence al no tener nada malo que decir de nosotros» (2.7-8). Cuando ignora el impacto de su propio carácter afloran las incoherencias que acaban neutralizando su ministerio público.

El desarrollo de nuestro carácter debe ser una de nuestras prioridades. El proceso por el que crecemos, sin embargo, es el fruto de acciones indirectas, más que directas. Se resiste a los embates frontales de la voluntad. Estos, más bien, terminan afianzando en nosotros aquellas características que tanto nos molestan.

El camino hacia la transformación es más sutil. El cambio se produce imperceptiblemente cuando caminamos diariamente con aquel que afirmó: «el que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14. 9). La intimidad con el Verbo produce un admirable contagio: sus actitudes, convicciones y prioridades pasan también a ser las nuestras. Con el paso del tiempo otros comienzan a observar en nosotros el fruto de esa comunión. Nuestra vida —bendito sea su nombre— será cada vez más parecida a la del Maestro de Galilea.

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