Bueno para los dos
Asistimos a una época de movimientos en lo conceptual, lo científico, lo estético y lo tecnológico, que hacen que nuestras comprensiones del mundo sean cada vez más variadas e impredecibles. Como mujeres presenciamos la «metamorfosis del mundo» desde nuestras propias circunstancias de vida: Desde lo rural o lo urbano, desde lo académico o lo práctico, desde lo sofisticado o lo sencillo; en fín, sean cuales sean nuestras condiciones, nos enfrentamos a un período en el que las transiciones y las ambigüedades constituyen el ambiente general.
El concepto tradicional del matrimonio no ha escapado al escrutinio de la cultura y ha sufrido una transformación (al menos en algunos sectores), que debe ser evaluada a la luz de los principios bíblicos.
El Señor, Dios creador y sustentador de la vida, al diseñar la relación matrimonial como fuente de mutua compañía y cooperación, buscaba fortalecer las bases mismas de la sociedad; en la complementariedad de los seres creados se hallaban los recursos para la recíproca bendición y el sostenimiento de la familia.
La imagen de Dios puesta tanto en el hombre como en la mujer, les permitía reconocerse como sujetos, relacionarse abiertamente con Dios y entre ellos mismos; les daba la posibilidad de comunicarse, de crear, de trascender, de tal manera que pudieran colaborar con el Señor en la digna tarea de administrar la tierra. Ya conocemos el duro revés que les produjo el ingenuo intento de burlar a su Creador.
Por fortuna para nosotros, el relato bíblico continúa su curso hasta mostrarnos la incomparable redención que tenemos en Cristo, quien con su muerte nos abrió un camino de reconciliación con Dios y con su plan para la raza humana. Jesús rescató con su obra nuestra vida, no sólo del abismo del pecado sino que reestableció la calidad de las relaciones, luego de la profunda ruptura que sufrieron en el tercer capítulo del génesis. Como en el principio tendríamos completa comunión con Dios, armonía entre nosotros y con la naturaleza que nos había sido encargada.
El plan Divino se hace coherente en la medida en que entendemos la importancia de todas las dimensiones relacionales tal como Él las planeó. Tener paz con Dios nos ayuda a entender sus propósitos eternos para todo lo creado, incluyendo por supuesto nuestras propias vidas; tener paz con los demás (incluido el esposo o la esposa) permite que prosperemos en la mutua satisfacción de necesidades y en el desarrollo personal; tener paz con la naturaleza amplía nuestra visión del señorío de Cristo y nos impulsa a una mejor conservación del mundo hermoso que nos rodea.
En ese contexto de equilibrio e igualdad de responsabilidades frente al Señor es que debemos situar el desafío para el matrimonio cristiano de hoy. Esforzándonos con la ayuda del Santo Espíritu para encontrar maneras «más cristinas» de relacionarnos, de amarnos y de animarnos a lo bueno ¡Para los dos!
La autora es la editora de Apuntes Mujer Líder
© Apuntes Mujer Líder, Volumen II Número 2, julio septiembre de 2004.

