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Liderazgo

Cada pastor debe ser un cura

15 julio, 2005378 visitas


Por siglos el pastor hacía entre semana algo muy similar a lo que hacía los domingos, sólo que en una forma diferente. Los domingos dirigía la asamblea de los santos hacia Dios, oraba por ellos y les predicaba la Palabra. Entendía que su rol era de ser un instrumento, que tenía dos funciones básicas:




  • El guiar a las personas a Dios a través de la oración, adoración y alabanza, y


  • Dar el mensaje de Dios –Su Palabra– a los hombres, buscando que ellos lo escucharan, entendieran y obedecieran.

Entre domingo y domingo los pastores se reunían con Dios para entender mejor Su Palabra y para buscar entender Su mensaje para Su pueblo, y buscaban reunirse con las personas de su congregación para escucharles y ayudarles a aplicar la Palabra a sus situaciones específicas. En esencia, era para ayudarles a “curar sus almas”. Era por eso que históricamente en el Cristianismo, el pastor era llamado popularmente “cura”, la palabra latina que hablaba de cuidar o curar las vidas de las personas. Con la institucionalización de la iglesia, quedó el nombre sin sustancia y la práctica de la cura de almas casi desapareció.


Con la reforma, fue recuperada la función del ministro de ser predicador de la Palabra de Dios. Esto tuvo un impacto poderoso en las naciones donde fue practicado. En muchos lugares ha quedado la teología de la reforma, pero no así el entendimiento de la importancia de la Palabra predicada, y menos aún el ministerio entre semana de “curar almas”.


Ahora la palabra de moda es “ministrar”. Este “ministrar” muchas veces no escucha a las luchas y conflictos reales de la persona y confiere un poder mágico al pastor o persona, para orar por la obra directa de Dios en sus vidas. No hay duda que Dios obra algunas veces en esta forma. Sin embargo, descuida la forma histórica en que Dios usa Su Palabra para confrontar o consolar a la persona.


En muchas ocasiones algunas personas me han dicho. “Sí, me ministraron, pero sigo teniendo problemas con mi esposa”; o “Sigo cayendo en este pecado. ¿Qué debo hacer?”


La ministración curó “levemente” a la persona; le dio esperanzas de cambio y alivio temporal, ¿Pero después?


Escuchar y entender a las personas requiere tiempo si pretendemos ministrar a ellos en una forma profunda y duradera, que realmente cure sus almas. También requiere que capacitemos en la Palabra de Dios y en la consejería, así la iglesia crece y llega a ser verdaderamente madura.


El otro extremo practicado por muchas iglesias es mandar al psicólogo a las personas con problemas serios. Si el psicólogo es un santo varón o mujer de Dios, lindos y maravillosos cambios pueden ocurrir. He visto muchos cambios profundos producidos por la guía de algunos de ellos. Sin embargo, si el profesional aún siendo cristiano no ha sido formado por el Consejo de Dios, sino en una escuela secular, humanista y/o pagana, puede dar soluciones hasta pecaminosas y desagradables a Dios.


Necesitamos reconocer que la “cura de almas” es un ministerio que requiere preparación espiritual, un gran conocimiento de Dios, de sus medios de obrar y de la naturaleza humana. Las soluciones de Dios son muy diferentes a las humanas.


La ignorancia no es una virtud. El cubrirla o blanquearla con oración no la justifica. Dios obra con y a pesar de nosotros. Necesitamos desarrollar nuestras vidas y ministerios de tal forma que seamos conocidos como “curas”, personas que Dios ha usado para curar profundamente los efectos del pecado en las personas que El ha encomendado a nuestro cuidado. ¡Adelante!



Apuntes Pastorales Volumen XII, número 3. Todos los derechos reservados



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