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Juventud

Carta de un correcaminos

15 julio, 2005639 visitas

Estimado hermano y colega:




Recibí la invitación de esta revista para compartir contigo algo de mis experiencias en el campo del servicio al Señor. No es mi idea hacer un manual de trabajo o algo por el estilo. Solamente quisiera compartir contigo que recién te inicias en esta tarea o que no hace mucho que estás en ella, o —por qué no— también contigo que, aunque no hayas salido aún al campo de labor, ya tienes en tu vida y corazón la semilla que puso el Señor invitándote a que lo hagas.



Debo confesarte que ya tenía cuarenta años cumplidos cuando comencé mi trabajo como misionero, dándole todo el tiempo al Señor. Creo que no es una edad recomendable —tendría que haberlo hecho mucho antes— pero de todas formas ¡gracias al Señor por Su llamado! Por supuesto, tú eres mucho menor. Tal vez tengas la mitad de aquella edad mía, desde la cual ya han pasado un poco más de veinte años y por lo tanto, tus inquietudes serán otras. No me cabe duda de que tendrás una fogosidad mayor y, por qué no aceptarlo, una visión distinta en cuanto a los métodos a emplear, lo cual es muy bueno. Pero déjame decirte algunas cosas que he aprendido en el trato casi diario con personas de todas las zonas del país que, por gracia de Dios, he recorrido con mi esposa más de una vez sembrando la buena semilla.



No subestimes al que te está escuchando. Es cierto, él no sabe de Biblia lo que tú aprendiste, pero no seas una enciclopedia de conocimientos. Baja o sube a la altura de tu interlocutor para que entienda lo que quieres transmitirle. En tu charla o conferencia, sea personal o con mucha gente, deja siempre bien claro el mensaje; aunque parezca infantil, aclara qué es pecado, pon ejemplos al efecto, muéstralo en toda su plenitud.

Ten cuidado también con la situación que se puede plantear cuando vas a un lugar y te haces cargo de un pastorado por primera vez. No creas que toda esa iglesia estará a tu servicio, sino ten la suficiente valentía espiritual como para considerarte a ti mismo como su siervo, es decir, estar al servicio de ellos y de sus necesidades (claro, todo en su justa medida).


En Juan 10.3 y 4 hay un ejemplo precioso de la labor del Pastor: él llama a sus ovejas, las saca y va delante de ellas; o sea que no las arrea, las precede. Recuerda que en tu ejemplo de vida, en el que está involucrada tu manera de ser, conversar e incluso discutir, está la llave que abrirá muchas oportunidades para la charla, la consulta, el consejo, etc. Sé un apasionado de lo tuyo, pero no seas efervescente sino pasivo; así no perderás compostura y tu mensaje llegará más.



Algo que yo experimenté y que te puede pasar a ti, es desanimarme al no ver resultados positivos en los que escuchaban mi prédica. Los predicadores pensamos que con cada mensaje que damos tenemos que ver a muchas almas rendirse al Señor. Predica para que así sea, pero cuántos domingos vemos a las personas irse sin tomar una decisión por Cristo y nos desalentamos…Primero, creo que eso es humano y segundo, que viene de Satanás. Dios nunca va a desanimar a sus hijos. Te repito, eso también me pasó a mí al principio. Pero un día, orando y pensando en esto, el Señor me volvió a Marcos 16.15, me lo hizo leer de nuevo y me mostró algo que tal vez había tergiversado: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio…”. No dice: “Id y salvad almas”. No, eso no es patrimonio de los Pastores, eso radica en el oyente y en la obra del Señor en él. Así que, hermano, no te desalientes si después de haber orado mucho y haberte preparado bajo la unción del Espíritu Santo, no ves lo que esperabas. Afiánzate de la promesa de Isaías 55.10-13 y entonces siembra la palabra, riégala con oración y luego descansa, esperando las lluvias de bendición que mandará el Señor desde el cielo.



¿Tienes idea de lo que es vivir por fe? ¿Sí? Me alegro, porque si no lo sabes debes aprender a vivir pendiente de lo que el Señor te mande. No sé a qué grupo perteneces, ni tampoco sé cómo se manejan tus finanzas en tu iglesia. Pero permíteme decirte, no vivas pendiente del “sueldo” que tu grupo o iglesia te dé, eso te quitará tranquilidad de espíritu. Creo que hoy, en nuestro país, la tensión económica es la peor de todas las tensiones. Entonces, libérate de ella y pon toda, repito, toda tu confianza en la ayuda que vendrá del cielo; y te puedo asegurar que como yo, serás sorprendido a diario. Lee Eclesiastés 11, versículos 1 y 2 y también los versículos 4 y 5 y encontrarás allí la clave. Te digo esto porque he conocido jóvenes que como tú sintieron el llamado del Señor a dedicarle todos sus esfuerzos, pero que luego de averiguar cuánto recibía un pastor dieron un paso atrás y sólo se quedaron con el deseo. ¡Qué triste! Eso es como perder un partido sin haberlo jugado. El acero es puesto en la fragua hasta que pierde su propio color. Primero se torna rojo, luego blanco y recién allí se le da la forma que se desea. Pero, a pesar de los cambios de color y forma, nunca dejó de ser acero. Que a pesar de todas las presiones que experimentes de adentro y de afuera no pierdas nunca tu condición de siervo obediente a la voz y voluntad de Aquel que te llamó a Su servicio.



Bien, creo que esta carta ya es demasiado larga para tu tiempo y paciencia. Como comprenderás , tendría mucho más para compartir contigo, pero por ahora dejemos las cosas aquí.
Que realmente seas bendecido y causa de bendición para otros. Te lo desea de todo corazón quien comparte y labora en otro “lote” de la viña del Señor.



Un fraternal abrazo,


Jorge E. Krämer



Jorge Krämer se ha desempeñado por varios años en la tarea pastoral en su tierra natal (Bell Ville, Córdoba), pero su trascendencia nacional ha sido mediante el ministerio evangelístico que junto a su esposa ha desempeñado, viajando por todos los rincones de Argentina, en la Unidad Móvil (camión equipado) de la Fundación Evangélica Argentina. Este ministerio lo llevó por casi diez años a través de la mayoría de las iglesias y grupos evangélicos de su país, conociendo la vida y ministerio de cientos de pastores y líderes cristianos. Apuntes Pastorales, Vol. III, número 2, todos los derechos reservados.

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