El afán por asegurar nuestro propio bienestar puede tornarse en un verdadero escollo a la hora de caminar.
Todo ministerio conducido en santidad y temor de Dios debe tener como objetivo que el Padre reciba la gloria.
La palabra final de que haya o no evidencias de nuestro llamado al ministerio, la debe tener el Padre.
La Palabra revela que Dios utiliza el sufrimiento en diversidad de maneras en la vida de sus hijos.
Es increíble cuán fuertes podemos tornarnos cuando comprendemos lo débiles que somos.
Nuestra tarea principal como embajadores de Cristo es la reconciliación.


