Para refinar su estilo de predicación debe ocuparse en reconocer cuáles son sus debilidades. Podrá reducirlas cuando deje que personas que usted respeta critiquen su trabajo.
La actitud que tiene Dios para con nosotros debería trascender hacia los demás. Entre otras la Palabra resalta actitudes como: misericordia, benignidad, humildad, paciencia, soportándonos y perdonándonos unos a otros teniendo en cuenta lo mucho que Cristo nos ha perdonado. Si tenemos este sentir, influiremos, para el Señor, en las actitudes de los demás.
Ser sensibles al Espíritu de Dios es fundamental. Su mover resulta muy sutil, difícil de definir, pero, aun así, resulta muy importante que todos los que ministramos cultivemos un oído dispuesto al Señor.
Cuando un líder es consciente de sus propias necesidades significa que también su corazón estará dispuesto a ser enseñado por otros. De nada sirve tener relaciones significativas si no estamos dispuestos a permitir que nuestros allegados nos corrijan, enseñen y exhorten cada vez que sea necesario.
La oración no es tan importante por lo que nosotros decimos, sino por la oportunidad que nos trae de estar con nuestro Padre celestial. La oración es fundamental en la preparación y formación de todo líder, y esta debe ir siempre acompañada de un corazón sencillo y humilde.
Nuestro modelo de piedra viva es Jesucristo, la piedra angular sobre la cual todo el edificio es edificado. El está vivo con la vida de Dios y es nuestra fuente de vida «porque en Él habita toda la plenitud de la divinidad» (Col 2.9).


