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Vida Cristiana

Cómo glorificar a Dios

15 julio, 20059868 visitas

No hace mucho un obrero, instalando los micrófonos y altoparlantes para un culto se equivocaba una y otra vez y lograba sólo fuertes chillidos. Y cada vez exclamaba «Gloria a Dios». Se supone que hubiera dicho otra cosa antes de su conversión a Cristo. Con esto, provocó en algunos que le oíamos la pregunta si entendía el significado de lo que decía.


¿Qué es la gloria de Dios y qué quiere decir glorificarlo? La gloria de Dios sugiere su grandeza, su poder, majestad, esplendor, santidad y muchos atributos más. Si Él es completo en sí (como nos enseña la Biblia), ¿por qué es tan importante que le glorifiquemos nosotros? ¿En qué sentido podemos agregarle gloria? Es similar a la luz especial sobre una obra de arte, o sobre el artista principal en la ópera, o sobre una joya en la vidriera. El cocinero profesional muchas veces agrega adornos al plato para mejorar la presentación y así estimular el apetito de los clientes. La publicidad por radio, televisión o revista tiene por meta presentar un producto comercial en tal forma que la gente lo desee. Esto no cambia la calidad en ningún sentido, sino que llama la atención y dice, «¡Miren! ¡Coman! ¡Compren!» Entonces, glorificar a Dios significa señalar sus maravillosas cualidades y hacerlo atractivo para que otras personas acudan a Él.


Muchos textos bíblicos nos exhortan a glorificar a Dios. Fijémonos en seis maneras de hacerlo.





  1. Creyendo
    En Romanos 1.21, Pablo, refiriéndose a la gente que no conoce a Dios, dice: «…habiendo conocido a Dios (conscientes de su existencia), no le glorificaron como a Dios». Vemos que la diferencia fundamental entre el creyente y el incrédulo es su actitud hacia Dios. Este lo rechaza como Dios para seguir su propio camino, mientras aquel lo reconoce como Dios y lo glorifica.


  2. Haciendo buenas obras
    «…alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5.16). La palabra traducida «buenas» aquí es kalos, que se refiere especialmente a lo que es agradable para la gente que observa. No hacemos el bien para que la gente nos vea, pero tampoco tenemos vergüenza de actuar correctamente cuando nos miran. Comenzarán a conocer a Dios por medio de nuestra conducta.


  3. Dando mucho fruto
    «En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto» (Jn. 15.8). Si juzgamos según Mateo 7.15-20, nuestro fruto es el impacto positivo que tenemos sobre la vida de otras personas. Esta porción se refiere a los profetas o maestros. La calidad de la enseñanza se ve en lo que ocurre en los oyentes: almas regeneradas, rebeldes rendidos, familias unidas, matrimonios restaurados. No todos somos necesariamente predicadores, pero todos somos maestros en un sentido, seamos padres o vecinos, e influimos en la vida de los demás. Esto es lo que glorifica a Dios.


  4. Llevando una vida pura
    «…glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Co. 6.19,20). Esta porción se refiere a la importancia de la pureza sexual. Si el creyente se deja caer en las mismas costumbres de los que no conocen a Cristo, está echando sobre Dios una luz desfavorable. Es un vándalo en el sentido de hacer daño a la propiedad ajena, o sea su cuerpo y su espíritu.


  5. Presentando la Palabra de Dios
    «Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. (1 Pe. 4.11). Es evidente que no podemos glorificar a Dios si pretendemos predicar antes de entender el mensaje. El recién convertido puede testificar acerca de lo que el Señor ha hecho en su vida, pero si se cree más sabio de lo que es, puede predicar cualquier disparate y distorsión y así meter a otros en errores. El propósito de predicar es señalar a Cristo, como decíamos antes, hacerle publicidad. Sin embargo es posible predicar, enseñar o cantar en tal forma que nos glorificamos solamente a nosotros mismos. Hace algunos días tres amigos comentábamos en casa lo hábil de cierta publicidad televisada que habíamos visto. Pero nadie recordaba el nombre de la marca. Tan llamativa era la técnica que se perdió totalmente el propósito mismo: vender el producto. Esto es lo que hacemos cuando caemos en la trampa del «culto evangélico a la personalidad». Los domingos, después del culto mientras el pastor o el músico saluda a la gente que se retira, le es agradable escuchar: «Muy bueno el sermón, pastor», o «Muy hermosa la música». Pero mucho mejor sería escuchar: «¡Cuán grande es nuestro Dios!» Así el siervo de Dios sabe que ha logrado su verdadero fin.


  6. Padeciendo por Cristo
    «Ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello» (1 Pe. 4.15,16). Si sufrimos la censura o el menosprecio por nuestro mal genio, egoísmo y murmuración, eso no atrae nada favorable a Dios. Puede ser todo lo contrario. Pero si somos el blanco de malas palabras, falsas acusaciones y persecuciones por nuestra fe, tenemos la oportunidad de demostrar la belleza de Cristo en nuestra vida. Si podemos llevar una vida tranquila y demostrar el amor de Dios, eso sí trae gloria a Él. La gente tiene que comentar: «Así son los cristianos».

Podemos glorificar a Dios también con la alabanza y la adoración en la asamblea, pero es notable que en la Biblia la exhortación más frecuente se enfoca en el estilo de vida. Hablar es muy fácil porque se puede hacer instantáneamente, por emoción hueca, sin mucho pensar, hasta pensando en otra cosa. En cambio, la gloria de Dios debe ser el enfoque central de todo lo que hagamos.


El encargado de un museo está preparando un día especial de exposición de óleos de los maestros. Le entrega a un empleado la mejor obra de todas con indicación de que la coloque en el sitio más favorable. Pero el empleado está preocupado por sus propias cosas y no aprecia la importancia de esta obra. La coloca en un rincón donde no hay suficiente luz. En el día de la exposición casi nadie se entera de su existencia. Así somos nosotros a veces con el Señor. Lo conocemos, pero lo dejamos en un rincón. Él necesita la luz de una vida desinteresada de servicio y testimonio a los demás, para que la gente lo conozca.


Podemos repetir la frase: «Gloria a Dios» cien veces por día, pero si nuestra vida no concuerda con las palabras, no estamos glorificando realmente a Dios.



© Apuntes Pastorales, 1994. Apuntes Pastorales, Volumen XI – número 6.

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