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Juventud

Con Dios y los jóvenes

15 julio, 2005965 visitas


«No voy más a la iglesia» —dije a mis padres un domingo después del culto. Ellos fueron sabios. Conversamos sobre la situación, y como yo ya tenía dieciocho años no me obligaron a seguir asistiendo. Mi decisión de no congregarme, no tenía que ver con mi relación con Dios, sino con la iglesia en sí. Como hombre joven en formación, yo no encontraba en ella lugar ni utilidad para mí.Durante tres meses oré, leí mi Biblia, pero no fui a ninguna iglesia. Un día, en la soberanía de Dios, conocí a un pastor que me impresionó mucho. Ese domingo fui a su iglesia acompañado de mi mejor amigo. Este fue el comienzo de una nueva aventura.


Compartí con este pastor mis frustraciones, y a la vez mi convicción de que si queríamos ganar a jóvenes era necesario hacer algo diferente. Él exploraba mis inquietudes haciéndome preguntas. Compartí el concepto de que para ganar muchachos era necesario hacer actividades de carácter varonil, en las cuales los jóvenes podrían participar siendo los protagonistas de actividades significativas, entre ellas las deportivas. Pero en ese momento sólo estaba compartiendo lo que habíamos sentido y dialogado con mis amigos. Fue con el pasar de los años que he llegado a valorar el ministerio con la juventud y lo trascendente que es entender que los varones y las mujeres se desarrollan espiritualmente de formas diferentes.


El pastor, después de habernos escuchado cuidadosamente, nos dio el desafío de comenzar un grupo que respondiera a nuestras inquietudes. Junto al desafío nos aseguró su apoyo.


Quedamos temblando. Nos tocaba dejar la tarea fácil, criticar. Ahora debíamos edificar la realización de nuestros sueños. Fue al inicio del verano cuando empezamos a concretarlos. Dos amigos y yo abrimos una de nuestras casas e invitamos a diez muchachos a un «partido de fútbol y a compartir un asado acompañado de una discusión sobre la Biblia». Cada semana tuvimos más muchachos y con ellos llegaban las chicas. Antes de que terminara el verano ya estaban participando más de cuarenta jóvenes. Fue una sorpresa para muchos adultos cuando la mayoría de estos jóvenes comenzó también a asistir a la iglesia. Y fue justo en este punto que tuvimos nuestra primera crisis. La mayoría de ellos nunca habían ido a una iglesia. Al llegar un grupo tan grande, vestidos como típicos jóvenes del mundo, provocó que algunos de los mayores nos atacaran por «meter el mundo en la iglesia». Exigían cambio, algunos de los jóvenes «tenían que cortar su pelo»y algunas de las chicas «no podían asistir en pantalones». A pesar de las protestas de algunos mayores, cada semana llegaban más jóvenes.


Muchas veces, el supuesto problema con los jóvenes no es problema de los jóvenes sino de la iglesia misma; sus moldes, prácticas, el ambiente y falta de entendimiento de la etapa importante en la cual se encuentran los muchachos. Antes de echarles la culpa, necesitamos, como iglesia, mirar si el ambiente espiritual, emocional, y físico que proveemos para ellos es propicio para que Dios obre y añada cada día más jóvenespara su reino.


Ayer me preguntó una señora de 60 de años por qué sería que los jóvenes de la clase de Biblia que ella dicta no disfrutaban su enseñanza. Por solicitud del pastor de su iglesia, con todo su amor, dedicación y entusiasmo se ha dedicado a dictar a ellos las perlas preciosas que ella ha encontrado en Dios. Sin embargo, «los jóvenes son rebeldes, no prestan atención a lo que yo estoy tratando de enseñarles» —expresó con frustración.


«¿Qué puedo hacer?» —me preguntó. Esta es la pregunta que, con toda honestidad, creo que necesitamos hacernos, y debemos buscar la respuesta en la sabiduría de la Biblia y la experiencia de personas que tienen ministerios exitosos con jóvenes. Quiero responder a esa pregunta compartiendo algunas de las verdades que yo he aprendido de ellos a lo largo de mi experiencia ministerial:


1. Aprender a escucharlos con interés y respeto. Cuando ellos ven que realmente los escuchamos y nos esforzamos por entenderlos, estarán mas abiertos a conversar y dialogar con nosotros.


2. Dios les ha dado libertad de elegir. No debemos imponerles nuestros deseos y voluntad. Ya no son niños. Cuando imponemos nuestra forma de pensar y actuar, sólo provocamos rebeldía.


3. Ayudémoslos a desarrollar programas y actividades en los cuales ellossean los creadores, protagonistas y responsables de lo que ocurre. En la medida en que sientan que el programa les pertenece, trabajarán con más entusiasmo en él. Ellos tomarán la iniciativa para buscar nuestra sabiduría, apoyo y ayuda. Muchas veces los adultos desean involucrar a los jóvenes en sus planes, pero no están dispuestos a involucrase en los planes de los jóvenes.


4. Nosotros aprendimos a través de muchos errores. Creo que ellos también tienen derecho a aprender de la misma manera.


5. Reconocer las diferencias entre hombres y mujeres. Los hombres necesitan actividades tales como deportes, construir, trabajar en proyectos de servicio, etcétera. Las mujeres, en cambio, desean interacción con otras personas. Si la iglesia quiere tener un balance significativo, tanto de hombres como de mujeres, deberá promover y proveer actividades apropiadas para hombres y para mujeres.


6. Nadie se forma en un día. El crecimiento es un proceso. Seamos pacientes con ellos.


A través de la historia, Dios ha obrado maravillosamente con los jóvenes, hoy sigue haciéndolo. Participemos con él y con ellos en esta gran tarea.


¡Adelante!

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