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Liderazgo

¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros?

15 julio, 20059719 visitas


Al tratar el tema de la resolución de conflictos en la iglesia, conviene preguntar: ¿De dónde vienen las guerras y las peleas entre nosotros? Existe un pasaje singular e inconfundible que deja al descubierto el motivo que les da origen: «¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?» (Stg. 4:1). Aunque siempre es fundamental una resolución satisfactoria del conflicto, Santiago indica que la actitud durante la contienda tiene tanto valor como los pasos para solucionarla.


Veamos primero lo que NO dice Santiago: no premia a la persona que «tiene razón». Generalmente, el que cree estar en lo correcto tiene peores actitudes que quien, aparentemente, está equivocado. En segundo lugar, aunque sin lugar a dudas las guerras entre los santos dan lugar a Satanás (2 Co. 2:11), es notable que el escritor no le echa la culpa al diablo sino insiste en que las peleas emergen de los deseos pecaminosos.


Según Santiago, la fuente principal de las peleas radica en «vuestras pasiones». En griego, ‘pasión’ es hedone, de donde proviene la palabra hedonismo, la perspectiva por la cual el fin supremo de la vida es el placer. Las peleas entonces se originan en algo que yo quiero apasionadamente.


Hallamos un excelente comentario sobre la palabra pasión en Santiago 3:14-16, en donde se explica por qué me involucro en una pelea. La pasión nace en mi interior, y Santiago la denomina celos amargos. Tener celo por algo es bueno, pero celos amargos son celos mal nacidos y mal dirigidos. Es tener celo de lo que yo quiero. No siempre lo que deseo es malo, puede ser algo bueno. Juan Calvino dijo que el mal no está en desear algo sino en codiciarlo, en estar dispuesto a pelear con mis hermanos para conseguir lo que quiero.


El conflicto no tiene que convertirse en una guerra (fría o caliente), como bien explica Jay Adams en su artículo «Opiniones distintas». Sin embargo, muchas diferencias en el seno de la iglesia —motivadas por fuertes deseos personales— terminan en sentimientos heridos, palabras fuertes, chismes, autoprotección, autocompasión y temor. Mientras unos huyen del conflicto o apaciguan a los involucrados para no terminar heridos, otros piden perdón por cosas no cometidas, o buscan aliados, y el resultado final es «perturbación y toda obra perversa» (3:16).


Escuchamos recientemente que un pastor y su esposa se peleaban todos los domingos por la tarde. Después de comprometerse ante Dios en solucionar esas riñas, se dieron cuenta de que Santiago tenía razón. Los dos deseaban algo y cada uno estaba dispuesto a luchar para conseguirlo. Como pastor de una iglesia pequeña, él era el típico hombre orquesta. Cansado de visitar, aconsejar y predicar toda la semana, los domingos por la tarde deseaba descansar frente al televisor. Por otro lado, su esposa, que no veía a su marido durante la semana, los domingos después del culto deseaba pasar tiempo con él. Los dos estaban dispuestos a pelear para lograr sus deseos: ella intimidad, y él paz y tranquilidad.


Según Santiago, para resolver los conflictos sin que se conviertan en pleitos y guerras es necesario recordar:


1) Una guerra siempre revela algo acerca de mi propio corazón, muestra que tengo malos deseos que luchan en mi interior (Stg. 4:1). Cuando el problema comienza a subir de tono es necesario preguntarse qué está revelando acerca de mi corazón y sobre mi relación con Jesús. Como dice el viejo refrán: «se necesitan dos para bailar». Conviene preguntarse, entonces, por qué estoy en el baile.


2) La sabiduría de Dios es: «primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía» (Stg. 4:17).


3) En un conflicto Dios desea controlar nuestro ser: «El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente» (Stg. 4:5).


4) Dios da la gracia para solucionar los enfrentamientos: «Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes» (Stg. 4:6).


Tengamos en cuenta la promesa de que «el fruto de justicia se siembra en paz para aquellos que hacen la paz» (Stg. 3:18).

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