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Reflexión

De la risa al luto

15 julio, 2005505 visitas

En primer lugar, es importante señalar que el incidente de 2 Reyes 2.23–25 debe ser entendido como un juicio sobre una burla deliberada a la nueva cabeza de la escuela de los profetas, a quien el Señor había levantado para ser su testigo y profeta. Esta burla no sólo constituía un agravio al profeta sino un pecado contra aquel a quien el profeta representaba. Si bien el relato es sintético, incluye elementos que permiten determinar la naturaleza del pecado como así también algunos de sus agravantes.



La naturaleza de la burla



La burla estaba dirigida a Eliseo y aparentemente a una particularidad física: su calvicie. Esta práctica de ridiculizar a las personas por sus defectos físicos es muy común entre la juventud. En última instancia la burla no está dirigida tan sólo a quien tiene el defecto, sino a Dios quien permitió que su cuerpo se formara de esa manera. Sugerimos a continuación algunas de las posibles motivaciones de la burla efectuada por los jóvenes a Eliseo. Dado que una de las evidencias de la lepra es la caída del cabello algunos sostienen que la intención detrás de las palabras: «¡Calvo sube! ¡calvo sube!», era la de insultar a Eliseo insinuando que era un leproso. Otros estudiosos opinan que la calvicie de Eliseo respondía a una posible tonsura. Afeitar la coronilla o toda la cabeza ha sido, a través de los siglos, señal de dedicación a una orden religiosa o de votos religiosos. En Hechos 18.18 leemos que Pablo «se despidió… habiéndose rapado la cabeza en Cencrea, porque tenía hecho voto». De ser este el caso, la burla tenía como blanco la dedicación de Eliseo para servir a Jehová.



El versículo 23 emplea en cuatro oportunidades el verbo subir. «Después subió…a Bet-el; y subiendo… ¡Calvo sube! ¡calvo sube!». Hay quienes piensan que en las palabras «sube, sube» iba implícita una burla a la «subida» de Elías. En efecto, le estarían diciendo: ¿Por qué no subes tú como subió Elías? La noticia de que Elías había subido al cielo «en un torbellino» (2 Re 2.11) ya se había divulgado y los muchachos, posiblemente incitados por personas mayores e impías, estaban ridiculizando el hecho, y por ende procurando negar su realidad.



Por supuesto, estas son conjeturas que no podemos afirmar en forma dogmática. Sin embargo, el contexto general nos sugiere que la burla era de un carácter grave e involucraba no solo a Eliseo, sino a su Dios, y a la obra que Dios mismo había realizado con la ‘subida’ de Elías. Además, sí podemos afirmar que no se trataba de una burla chistosa o inocente, ¡si es que tal cosa existe!



Los burladores



El texto nos dice que «salieron unos muchachos». La palabra hebrea que se emplea para «muchachos» es na’ar que también se utiliza con respecto a Isaac cuando se estima que tenía unos veintiocho años de edad, a José cuando tenía treinta y nueve años, y a Roboam cuando tenía cuarenta. Esto nos sugiere que no eran niños sino que se trataba de jóvenes con pleno uso de razón, que habían llegado a la edad de plena responsabilidad por sus actos. Es posible también que otros hombres impíos querían impedir la entrada de Eliseo a Bet-el y temían la influencia que él podría ejercer en la misma. Recordemos que Bet-el (Santuario de Dios) se había convertido en un centro de idolatría desde los tiempos de Jeroboam, quien había levantado un becerro de oro e incitado al pueblo de Israel a que adorara allí en lugar de hacerlo en Jerusalén. Bet-el (Casa de Dios) se había convertido en Bet-avén (Casa de Iniquidad) tal como lo pronunció más tarde el profeta Oseas (Os 10.5). De cualquier manera, esta incitación de parte de otros no quitaría de ellos su responsabilidad. Los burladores actuaron, además, a espaldas del profeta ya que él tuvo que mirar atrás para verlos. Burlarse tras las espaldas de otra persona siempre ha sido demostración de vileza.



Finalmente, la cantidad de burladores era considerable: más de cuarenta. Es bien sabido que el comportamiento humano sufre grandes alteraciones cuando llega a formar parte de un grupo o de una multitud y que, en tales condiciones, llega a hacer y decir cosas que jamás haría estando solo. La acción conjunta de todos estos muchachos que gritaban a las espaldas del profeta de Jehová en tono irrespetuoso y burlesco, no podía ser pasada por alto. No solo afectaba a Eliseo sino a su investidura y al Señor cuyo mensaje debía dar al pueblo.



De manera que el hecho de la burla es agravado por una afrenta a un lugar sagrado, pues Bet-el debía ser casa de Dios y no de iniquidad. A una persona sagrada, pues Eliseo había sido designado por Dios. Y a un tema sagrado, si es que, como suponemos, se referían a la reciente subida de Elías al cielo. En última instancia se trataba de una burla pública al «Dios de Bet-el» (Gn 31.13), al Dios de Eliseo y al Dios de Elías. Ambos eran hombres de Dios.



Esta burla no fue un caso aislado en la historia de Israel. Hacia el fin del período de los reyes, a manera de resumen, el cronista escribió: «Mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo y no hubo ya remedio» (2 Cr 36.16).



El castigo



«Dios no puede ser burlado; pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gá 6.7). Eliseo, sin duda por impulso de Dios, se volvió hacia atrás y al ver a los burladores cara a cara, «los maldijo en el nombre de Jehová». Este juicio que pronunció Eliseo no fue a manera de venganza personal por la manera indigna en que se habían burlado de él. Esto obraría como portavoz de la justicia divina para penalizar la afrenta hecha al honor de Dios. Su imprecación fue obedecida de inmediato y dos osas (que quizás habían sido privadas de sus cachorros) salieron de un bosque adyacente y despedazaron «a cuarenta y dos de ellos». Esta última mención nos sugiere que quizás había más de cuarenta y dos y que algunos lograron escapar.



En casos extremos de pecaminosidad humana, Dios a veces emplea el reino animal para llevar a cabo sus juicios. En Números capítulo 22 tenemos el relato de Balaam, profeta sobornado por Balac para maldecir a Israel. Dios lo reprendió duramente al hablarle por medio de su asna (Nm 22.28ss). El apóstol Pedro, al comentar este evento de la historia antigua, dice que algunos «tienen el corazón habituado a la codicia, y son hijos de maldición. Han dejado el camino recto, y se han extraviado siguiendo el camino de Balaam, hijo de Beor, el cual amó el premio de la maldad, y fue reprendido por su iniquidad; pues una muda bestia de carga hablando con voz de hombre, refrenó la locura del profeta» (2 Pe 2.14–16).



Nabucodonosor, el gran monarca babilónico, se había hecho fuerte, pues su grandeza había llegado hasta el cielo y su dominio hasta los confines de la tierra (Dn 4.22). Esta posición de gran privilegio y poder llenó su corazón de presunción hasta llegar a decir: «¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?» (Dn 4.30).



El decreto divino fue: «Con las bestias sea su parte entre la hierba de la tierra. Su corazón de hombre sea cambiado, y le sea dado corazón de bestia» (Dn 4.15b y 16).



La medida drástica de trasladarlo del reino humano al reino animal fue correctiva y tuvo el efecto deseado. Cumplido el propósito un acto soberano de Dios lo devolvió a su estado anterior en el reino humano, y como resultado, hizo una gran declaración de fe y humildad: «Ahora, yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia» (Dn 4.37).



El hombre fue creado por Dios para señorear en «los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra» (Gn 1.28). Cuando él se aparta, degenera y rebela contra Dios, se ve envuelto en su propia iniquidad y en la triste paradoja de ser corregido, disciplinado y juzgado por miembros del reino animal que deberían estar sujetos a él. ¡Puede ser una asna, dos osas o un hato de bueyes!



De la maldición pronunciada por Eliseo en el nombre de Jehová surgen dos reflexiones que no podemos obviar. Primero, Eliseo actuó justamente y por impulso divino, pues de lo contrario Dios no lo habría aprobado. «Los maldijo en el nombre de Jehová». Algunos han pensado que hubiera sido más apropiado corregirlos con dos varas que despedazarlos por medio de dos osas. Sin embargo, Eliseo conocía, por el Espíritu, el carácter de estos hombres que constituían una generación de víboras y que, de seguir viviendo, se transformarían en permanentes y tenaces enemigos de los profetas de Dios. En Bet-el había una comunidad de hijos de los profetas, y nos preguntamos: ¿Qué respeto se tendría en el futuro hacia ellos si las burlas de los muchachos para con su líder no recibía el correspondiente castigo?



La segunda lección que aprendemos es que Dios debe ser honrado, aun por los jóvenes, como un Dios justo y santo que odia el pecado. Este incidente debiera llamar a la juventud a una profunda reflexión sobre su comportamiento y en particular a las burlas que son tan propensos a realizar. Que no tengan que rogar como David en sus días postreros: «De los pecados de mi juventud… no te acuerdes» (Sal 25.7). Es también un llamamiento a los padres a que con el ejemplo instruyan y corrijan a sus hijos para que estos no caigan en similares actitudes.



Aun los adultos suelen celebrar estas acciones de los jóvenes y comentar en forma jocosa las habilidades burlescas que ellos mismos realizaban en su juventud. Esta actitud demuestra que nunca han sentido tristeza o arrepentimiento por tales acciones. Al oír sus relatos, los jóvenes se sienten con más derecho a persistir en estas prácticas que son irritantes ante los ojos de un Dios justo y santo.



El pasaje concluye con el versículo veinticinco donde se menciona que desde Bet-el Eliseo se trasladó al monte Carmelo. Quizás para rememorar in situ la gran victoria de Elías sobre los profetas de Baal, cuando también él tuvo que ejecutar un severo juicio de Dios. Recordamos que en aquella ocasión Elías degolló a 450 profetas de Baal, sin contemplaciones. La persistencia empedernida en el mal debía ser desterrada del pueblo de Dios.



De allí Eliseo viajó a Samaria, centro político del reino norteño de Israel. En estos dos viajes recorrió aproximadamente ciento cincuenta kilómetros y vinieron a ser un anticipo del carácter itinerante que su largo ministerio había de adquirir de allí en más. Concluimos el capítulo señalando que en los tres primeros milagros que realizó, Eliseo invocó el nombre de Jehová (2 Re 2.14, 21, y 24), lo cualnos enseña acerca del poder que radica en el nombre del Señor. «¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda a tierra!» (Sal 8.9).




  • Lea el otro artículo de esta serie: De lo salado a lo dulce – Click AQUí


Tomado y adaptado del libro El profeta Eliseo, Leonardo Hussey, Desarrollo Cristiano Internacional, 2002. Para obtener más información acerca de este libro haga click AQUÍ.

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