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Predicación

De los tribunales al púlpito

15 julio, 2005439 visitas

Persuadir a la gente en la predicación no siempre es fácil. Para los pastores puede ser particularmente difícil porque es algo antagónico, dado que estos, por lo general, tienen más tendencia a ocuparse de reconciliar corazones y vidas que de tomar partido en discusiones y debates. Pero cuando pastores y ministros son llamados a persuadir, ¿cómo deben hacerlo?


Antes de comenzar a trabajar en el ministerio, durante cinco años fui abogado litigante. A través del tiempo pude observar que los pastores a menudo son mejores oradores que los abogados. Sin embargo, los abogados tienen una motivación clave para persuadir a sus oyentes, y eso es algo que los pastores no tienen -al final de los alegatos en los tribunales, ellos ganan o pierden. Basándose en cómo los abogados presenten sus casos, sus clientes a menudo son liberados inmediatamente o puestos en prisión; tienen ganancias súbitas, o pierden todo aquello para lo que trabajaron durante tantos años; los clientes, o bien se deleitan con la actuación de su abogado, o sufren las consecuencias de esa actuación.


Por estas razones resulta instructivo que nosotros, como ministros y pastores, consideremos con claridad lo siguiente: ¿Qué pasa si la vida, la libertad o todos los ahorros de alguien estuvieran en juego de acuerdo a la forma y el contenido de mi sermón? Si estas cosas fueran ciertas, ¿de qué manera mi predicación cambiaría?


Por cierto, Dios es quien obra en el corazón de los que escuchan. Sin embargo, Dios también es quien implora a los predicadores que usen sus mejores habilidades, talentos y conocimientos en la predicación (2 Ti. 2:15). A Dios le importa qué se predica y cómo se predica (Is. 61:1-2). La libertad o las finanzas de un cliente pueden no estar comprometidas al final de cada sermón, pero los corazones, el comportamiento y la vida espiritual de las personas a menudo se ven inmediatamente afectados por un sermón persuasivo.


Las siguientes herramientas básicas son enseñadas en facultades de leyes y utilizadas por expertos abogados litigantes y de apelaciones a fin de persuadir en los alegatos orales. Dichas herramientas serían fundamentales para la mayoría de los pastores. Pero hágase esta pregunta: “¿Las pongo en práctica cada semana al predicar?” Especialmente cuando está predicando para convencer al oyente, piense en la posibilidad de crear una breve lista con estos ingredientes claves para la persuasión. En mi experiencia, la mayoría de estos consejos son transferibles de los tribunales al púlpito.


1. El que mucho abarca poco aprieta. En lo que se refiere a la predicación persuasiva, más no siempre significa mejor. Hay un increíble poder en la simpleza y la brevedad. Un sermón sobre un tema controversial que explica una idea eficazmente, casi siempre es más persuasivo que un sermón que llena y confunde la mente con veinte ideas. Es posible que los oyentes entiendan muchos puntos de un sermón, pero hay más probabilidades de que se convenzan con uno o dos argumentos sólidos y conclusiones claras y evidentes. No importa si en su iglesia los sermones duran 15 minutos o 45, alimente el corazón y el alma de sus oyentes con material memorable, de peso, servido en porciones que satisfagan y sean digeribles.


2. No lea. Hace años fui guía de aventuras acuáticas en el estado de Wyoming, en los Estados Unidos. Nunca olvidaré cuando vi cómo un amigo que era guía de embarcaciones para rápidos se quedó dormido y se cayó del bote al tiempo que éste se dirigía hacia uno de los rápidos. ¿Su excusa? Se había aburrido terriblemente con un pasajero que insistió en leerle sus poemas a quienes estaban en la embarcación.


Son pocos los que escuchan cuando alguien lee un texto. Como pastores, por lo general reconocemos esto. Sin embargo, aun así, a menudo leemos desde el púlpito. Ocurre cuando preparamos un sermón mucho antes de entregarlo o, por lo contrario, nos quedamos hasta tarde escribiendo un “especial del sábado a la noche”, o usamos un sermón previo sin revisarlo, o creemos saber el mensaje al dedillo. Pero llegamos al púlpito y nos damos cuenta de que no conocemos el material como pensábamos y de que es necesario leerlo. Como resultado, nuestra presentación es mecánica y sin entusiasmo. Conozca su material. Refresque su memoria. Sepa el pasaje de la Biblia y, si es posible, sépalo de memoria. El resultado de un sermón que nos resulta familiar es un mensaje ágil y personal de nuestro corazón a la vida de nuestros oyentes.


3. Exprésese sin inhibiciones. Cuando hablamos en público, estamos cara a cara con nuestros oyentes. Sin reserva, use sonidos, pausas para agregar dramatismo, inflexión de la voz y lenguaje corporal. En el discurso persuasivo, de manera especial, la gente necesita razones no-analíticas para estar de acuerdo con nuestra posición. En vez de meramente recitar un versículo bíblico sobre la reconciliación, con entusiasmo relate historias ilustrando cómo alguien que usted conoce se reconcilió con un amigo o familiar. Aproveche las diferencias entre la expresión oral y la escrita.


4. ¿Cree usted en lo que usted mismo dice? No hace mucho escuché una grabación de mí mismo luego de unos largos y cansadores meses de ministerio en nuestra iglesia. Mi expresión era aburrida, chata. Cuando predicamos a menudo, es fácil hacerlo con poca o ninguna expresión, o con un practicado ritmo que resulta monótono. Si no parece que creemos en nuestros argumentos, ¿por qué habrían de creerlos los demás? En especial cuando de persuasión se trata, debemos parecer sinceros en nuestra posición. Si no estamos seguros de nuestros propios argumentos, es mejor no darlos.


5. Sea escrupulosamente exacto. La persuasión requiere cierto carácter enérgico. El carácter enérgico requiere credibilidad. Credibilidad y confianza se ganan con una historia personal de exactitud. Hay pocas cosas que me irritan más que sentarme en el banco de la iglesia y oír a un predicador que destroza hechos históricos, comete errores al exponer una teoría científica o, en forma equivocada, atribuye algo a alguien que nunca lo dijo. Cuando lo que decimos es correcto una y otra vez, nos ganaremos a nuestros oyentes.


6. No encienda ánimos sino corazones. El error más común en el discurso persuasivo es ceder a la tentación de difamar a un oponente. En mi primer año de práctica legal representé a un gran fabricante de automóviles contra un tenaz y persistente demandante, que actuaba como su propio letrado patrocinante. El demandante hizo juicio al fabricante de automóviles por incumplimiento de contrato, alegando que había devuelto su auto y dejado de hacer los pagos correspondientes porque “resbaló en la nieve y el hielo”. Prosiguió con el juicio con vehemencia, a pesar de haber admitido que cuando compró el vehículo no le habían dado garantías especiales contra tal deslizamiento.


Perdió en forma repetida, pero siguió apelando hasta llegar a la Suprema Corte de los Estados Unidos. Eventualmente demandó a todos los que en algún momento tuvieron que ver con el caso, incluyéndome a mí y a dos jueces. Nunca me sentí tan tentado a argumentar: “Juez, debería desechar la demanda contra mi cliente, el fabricante de autos, porque el demandante es un loco de remate.” Pero resistí la tentación. En la corte siempre mostré respeto por el demandante. Después de cinco años y mucho dinero en honorarios legales, tuve éxito.


Las declaraciones sediciosas sobre el punto de vista de otra persona, o lo que es peor, sobre el oponente en sí, por lo general tienen un efecto contrario al esperado. Dichas declaraciones dan la impresión de que nosotros no podemos tratar la posición de nuestro oponente sobre la base de sus méritos (o falta de méritos), y que tenemos que recurrir a insultos o a otras tácticas sucias para vencer. Cuando degradamos la posición de un oponente llamándola “frívola”, “absurda”, estamos perdiendo terreno. En su lugar, enuncie la opinión opuesta en forma clara y exacta. Luego sencillamente diga por qué es incorrecta. La mayoría de los oyentes prefiere una exactitud sensata y una subestimación de la realidad, antes que peroratas indiscretas y ruidosas.


7. Prevea las objeciones a sus afirmaciones. Siempre está la pregunta acerca de si los predicadores debieran ser la firmeza personificada o alguien que se identifica con la lucha de los oyentes. Cualquiera sea nuestro estilo, al intentar persuadir debemos reconocer -al menos ante nosotros mismos- los méritos de la posición contraria. Los oyentes saben que la gente rara vez tiene un punto de vista 100% correcto. “Al argumentar, debemos ponernos en el lugar de nuestro oponente”, declara un reconocido abogado. Nuestras propias afirmaciones tienen más peso cuando prevemos nuestros puntos débiles.


8. Encarando nuestros problemas de frente. Cuando decidimos expresar las debilidades de nuestros argumentos, nunca debemos subestimarlas. Una vez leí la declaración de un hombre acusado de lastimar al perro de otro hombre. Al acusado se le hicieron estas preguntas:


P: ¿Tomó usted por las orejas al perro del demandante?


R: No.


P: ¿Pero no dijo usted haber tenido sus manos sobre las orejas del perro?


R: Bueno, sí.


P: ¿Dónde estaba el perro cuando usted tenía sus manos sobre las orejas del animal?


R: (pausa) En el aire.


Muy pocas cosas desinflan tanto un argumento como eludir la verdad o falsificarla. Por otra parte, el inmediato y abierto reconocimiento de las fallas y deficiencias del argumento propio, seguido por una respuesta tan razonable como sea posible, puede afianzar con rapidez un punto débil.


Recientemente escuché al escritor Charles Colson predicar sobre un horrendo -según el estándar de nuestro tiempo- pasaje del Antiguo Testamento. El no trató de justificar el texto ni de concentrar la atención en complejos temas sociológicos. Hábilmente admitió que para la mayoría de los lectores modernos, el texto resultaba bastante sangriento. Luego explicó con brevedad que simplemente reflejaba las costumbres y el derecho consuetudinario de la época en que había sido escrito. Por lo general, es mucho mejor ser contundente, claro y directo en cuanto a los problemas en un pasaje o en nuestra posición. Después, entonces, debemos ofrecer la mejor respuesta que nos sea posible. Los oyentes pueden estar en desacuerdo con nuestras conclusiones. Sin embargo, sin esa sinceridad damos la impresión de no haber considerado de lleno nuestra posición, o de que nuestros argumentos sencillamente no tienen peso suficiente como para soportar un análisis serio .


9. A-B-U-R-R-I-D-O. Ser fiel a los aspectos básicos del evangelio no significa que todos los buenos sermones deben condescender al más bajo común denominador del conocimiento. A menudo nuestros oyentes son más inteligentes de lo que creemos. Si nos mostramos condescendientes, corremos el riesgo de aburrirlos con explicaciones excesivas ante cada declaración que hacemos.


Con el advenimiento de iglesias donde los mensajes a menudo se “diluyen” a fin de que interesen más al visitante no-cristiano, hay quienes cada vez se sienten más tentados a creer que no podemos mencionar nuestras creencias sin justificarlas con una detallada explicación. Sin embargo, incluso en la iglesias donde todo se hace en función del inconverso, es mejor que en forma expresa declaremos que la Biblia es el fundamento de la autoridad de nuestra predicación. Podemos decir que el Espíritu Santo puede estar obrando en las vidas de nuestros oyentes mientras nosotros hablamos. En forma inteligente, simple y sin reservas podemos decir a los oyentes qué sostiene nuestra iglesia en cuanto a temas morales controvertidos. Después de todo, estamos en la iglesia y es probable que la gente -al menos parte de la gente- esté allí porque desea oír hablar de temas espirituales. Por estas razones, y como sucede con otros argumentos, será preferible hablar con libertad y franqueza en vez de aburrir a la gente con explicaciones excesivas o con lo que resulta obvio.


10. Práctica en presencia de los enemigos. La buena predicación siempre requiere práctica. La predicación persuasiva excelente requiere práctica en presencia de amigos o, mejor aún, de enemigos. Antes de predicar un sermón en el que queremos incluir un serio elemento de persuasión, es mejor sentarse y practicarlo con alguien de total franqueza, alguien que en verdad nos desafíe. Una vez que lo hemos practicado unas cuantas veces, las ideas borrosas y la falta de nitidez comienzan a desvanecerse. Los argumentos se vuelven más definidos y producen una mayor reflexión. Y como hemos luchado con oponentes fuertes y hemos triunfado, habremos de aceptar desafíos difíciles, algo que no sucederá si nuestra lucha es con oponentes imaginarios y nuestra victoria es ilusoria.


Ponga en práctica estas tácticas. Con la gracia de Dios, con oración y con descanso completo en el Espíritu Santo, tal vez podamos ofrecer al mundo más que las respuestas que 1 Pe. 3:15 nos ordena dar acerca de la esperanza que hay en nosotros. Tal vez podamos ofrecer respuestas persuasivas.


Tomás F. Taylor es pastor asociado de la Primera Iglesia Presbiteriana en Salt Lake City, Utah, EE.UU., y anteriormente ejerció como abogado.
Tomado de la revista Preaching. Usado con permiso.
Traducido y adaptado por Leticia Calçada

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