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Liderazgo

Deleites mundanales

15 julio, 2005556 visitas

Si hemos de vivir, es también necesario que nos sirvamos de los medios necesarios para ello. Y ni siquiera podemos abstenernos de aquellas cosas que parecen más bien aptas para proporcionar satisfacción, que para remediar una necesidad. Por lo que debemos de tener una medida, a fin de que podamos servirnos de ellas con una conciencia pura y sana.


A través de Su Palabra el Señor nos enseña que la vida presente es, para los suyos como una peregrinación, mediante la cual se encaminan al reino de los cielos. Si es preciso que pasemos por la tierra, no hay duda que debemos usar de los bienes de la tierra en la medida que nos ayudan a avanzar en nuestra carrera y no le sirven de obstáculo. Por eso Pablo nos advierte que usemos de este mundo, como si no usáramos de él (1 Cor. 7.30,31).


Más, como esta materia puede degenerar en escrúpulos, y hay peligro de caer en un extremo u otro, procuremos afirmar nuestros pies en un lugar donde no corramos riesgos. Ha habido algunos hombres buenos y santos que viendo la intemperancia de los hombres desatada a rienda suelta, desearon poner remedio a tamaño mal. Se les ocurrió un plan: usar los bienes temporales, sólo en cuanto lo exigía la necesidad. Evidentemente este consejo procedía de un buen deseo; pero fueron excesivamente rigurosos. Su determinación es muy peligrosa, ya que ligaban la conciencia mucho más estrechamente de lo que requería la Palabra de Dios. Afirmaban que actuar conforme a la necesidad, era abstenerse de todas aquellas cosas sin las cuales podemos pasar. Según ellos, apenas nos sería lícito mantenernos más que de pan y agua.


Por otro lado, muchos son los que en el día de hoy, buscan cualquier pretexto para justificar su intemperancia. En su indulgencia licenciosa, afirman como cosa cierta, con lo que de ningún modo estoy de acuerdo, que la libertad no se debe limitar por reglas de ninguna clase y que hay que permitir que cada uno use de las cosas según su conciencia.


Admito que no debemos, ni podemos, sujetar la conciencia a fórmulas legales definidas y precisas. Sin embargo, como la Escritura nos da reglas generales sobre su uso legítimo, debemos limitar nuestro uso de acuerdo a los que éstas nos indiquen.



Teniendo presente el propósito de Dios



Que este sea nuestro principio: que recordemos el fin para el cual Dios mismo creó estos dones – para nuestro bien, y no para nuestra ruina.


Si consideramos el fin para el cual creó Dios los alimentos, veremos que no solamente quiso proveer para nuestro mantenimiento, sino que también tuvo en cuenta nuestro placer y satisfacción. En cuanto al vestido, además de la necesidad, pensó en la gracia y el decoro. En las hierbas, los árboles, las frutas, además de la utilidad que nos proporcionan, quiso alegrar nuestros ojos con su hermosura, añadiendo también la suavidad de su olor. De ahí que el Profeta al cantar sobre los beneficios de Dios consideró que “el vino alegra el corazón del hombre” y “el aceite hace brillar el rostro” (Salmo 104.15). Prescindamos, pues, de aquella inhumana filosofía que no concede al hombre más uso de las criaturas de Dios que el estrictamente necesario y nos priva sin razón del lícito fruto de la liberalidad divina, y que solamente puede tener aplicación despojando al hombre de sus sentidos, reduciéndolo a un pedazo de madera.


Con no menos diligencia debemos resistir la concupiscencia de la carne, a la cual, si no se le hace entrar en razón, se desborda sin medida. Esta tiene sus defensores, quienes con pretexto de libertad, le permiten cuanto desea. La primera regla para refrenarla será: todos los bienes que tenemos los creó Dios a fin de que le reconociésemos como autor de ellos, y le demos gracias por su benignidad hacia nosotros. ¿Dónde estará esta acción de gracias, si comemos y bebemos en tal cantidad que nos atontece y nos inutiliza para servir a Dios y cumplir con los deberes de nuestra vocación?



Aspiración a la vida eterna



No hay camino más seguro que el desprecio de la vida presente y la asidua meditación de la inmortalidad celestial. De ahí nacen dos reglas: Quienes disfrutan de este mundo, que lo hagan como si no disfrutasen, como dice Pablo. La segunda regla es la de que aprendamos a sobrellevar la pobreza pacientemente, y la abundancia en forma moderada.


Aunque la libertad de los fieles respecto a las cosas externas no debe ser limitada por reglas o preceptos, sin embargo, debe regularse por el principio de que hay que regalarse lo menos posible; hay que estar muy atentos para cortar toda superfluidad, toda vana ostentación de abundancia, y guardarse diligentemente de convertir en impedimentos las cosas que se les han dado para que les sirvan de ayuda.


Aquellos que tienen pocos recursos económicos, sepan sobrellevar con paciencia su pobreza, para que no se vean atormentados por la envidia. Los que sepan moderarse de esta manera, harán un progreso considerable en la escuela del Señor. Aparte de que el apetito y el deseo de las cosas terrenas va acompañado de otros vicios numerosos, suele ordinariamente acontecer que quien sufre la pobreza con impaciencia, muestra el vicio contrario en la abundancia. Quien se avergüenza de ir pobremente vestido, se vanagloriará de verse ricamente ataviado; quien con gran dificultad y desasosiego vive en una condición humilde, si llega a verse rodeado de honores, no podrá abstenerse de dejar ver su arrogancia y orgullo.


Por tanto, todos aquellos que sin hipocresía desean servir a Dios, aprendan a ejemplo del Apóstol, a estar saciados como a tener hambre; aprendan a conducirse en la necesidad y en la abundancia.



Apuntes Pastorales, Volumen XII, Número 4

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