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Reflexión

Desafíos para la primera década del siglo XXI

15 julio, 2005467 visitas

En América Latina, el crecimiento numérico de las iglesias evangélicas, especialmente de las carismáticas o neopentecostales, ha sido tan espectacular en las dos últimas décadas que se ha constituido en motivo de estudio por parte de sociólogos especializados en la investigación de los fenómenos religiosos en nuestro continente. En varios países el porcentaje de evangélicos en relación con la población ha llegado a niveles jamás imaginados anteriormente. Tal crecimiento ha dado pie a cambios radicales en el escenario político, con el surgimiento de nuevos partidos confesionales y la elección de evangélicos a altos cargos públicos que antes les estaban vedados debido a la discriminación religiosa.


Nadie que conozca la historia del movimiento evangélico en nuestro continente puede menos que alegrarse de la apertura al Evangelio que el crecimiento numérico de las iglesias evangélicas pone en evidencia. ¡Parecería que a América Latina le ha llegado la hora de volverse a Dios!


Un análisis más detenido de la situación, sin embargo, pone en relieve varios motivos de preocupación respecto a la causa del Evangelio en América Latina en la primera década del siglo XXI.



La situación eclesiástica contemporánea



Hace unos años tuve el privilegio de acompañar a John Stott, uno de los más distinguidos expositores bíblicos del siglo XX, en una gira por varios países latinoamericanos. Al predicar en una iglesia de clase media en un país con uno de los más altos índices de crecimiento numérico protestante en todo el continente, Stott observó cuán pocas personas en la congregación tenían consigo una Biblia. Para él era obvio que no bastaba que la Biblia estuviera en el púlpito: quería que sus oyentes, como los judíos de Berea que escucharon a Pablo en el primer siglo, examinaran las Escrituras «para ver si era verdad lo que se les anunciaba» (Hch 17.11).


¿Qué diría Stott hoy si visitara alguna de las muchas iglesias donde la ausencia de la Biblia es notable no solo en el auditorio sino en el púlpito mismo? Ya antes no era raro que en muchas iglesias la predicación dejara mucho que desear en cuanto al contenido bíblico. ¡Actualmente ni siquiera se pretende exponer las Escrituras! Con frecuencia ahora la predicación se reduce a una retahíla de excitantes relatos de «la vida real», que apelan a las emociones pero no invitan a la reflexión ni guardan relación alguna con la renovación de la mente que conduce a la transformación integral de la vida.


Alguien podría argumentar que la predicación no es necesariamente el mejor medio para hacer docencia bíblica. Habría entonces que preguntar de qué otras instancias están valiéndose esas iglesias para instruir a sus miembros en la Palabra de Dios. Temo que en la mayoría de casos la respuesta es que de ninguna. Conozco iglesias que han ganado fama por su crecimiento numérico, pero que se distinguen, entre otras cosas, por su total carencia de enseñanza bíblica. En el pasado, por lo menos contaban con la escuela dominical para ese propósito; hoy la han eliminado totalmente o la limitan a la instrucción de niños. ¿Qué se puede esperar de ellas en cuanto a la educación bíblica de los miembros?


Emparentada estrechamente con la falta de enseñanza de las Escrituras está la falta de un énfasis adecuado, notable en numerosas iglesias, en la formación de discípulos. Haciendo caso omiso de la centralidad del discipulado en la Gran Comisión (ver Mt 28.16–20), esas iglesias se dedican a engendrar hijos, pero olvidan la tarea de nutrirlos y enseñarles a obedecer al Señor Jesucristo en todo. Como me decía una señora hace poco: «En mi iglesia no nos enseñan cómo ser cristianos». Se refería a una famosa «megaiglesia» reconocida por su programa de evangelización basado en «el evangelio de la prosperidad».


Para el tipo de iglesia que actualmente está en boga a lo largo y a lo ancho del continente no se precisan maestros de la Palabra de Dios que expongan las Escrituras, ni pastores que hagan suya la consigna de alimentar a la grey del Señor. Se necesitan, más bien, ejecutivos empresariales, expertos en el manejo de los medios de comunicación social, personas que sepan rodearse de un elenco capaz de armar «cultos-shows» para grandes auditorios. En efecto, la «religión popular evangélica» se distingue de la católica romana, entre otras cosas, por el sofisticado uso que hace de los medios electrónicos. Para este fin los pastores no precisan preparación teológica. ¡No es de sorprenderse que tantos seminarios evangélicos en diferentes países de América Latina se vean afectados por la escasez de estudiantes!


Es posible que algunos de mis lectores juzguen que este diagnóstico de la situación eclesiástica evangélica latinoamericana no se ajusta a la realidad y es demasiado pesimista. ¡Ojalá tengan razón! Admito que mi descripción no se basa en una investigación científica de la realidad ni mucho menos: es más bien el resultado de observaciones e impresiones, mías y de otros, en varios países del continente. En todo caso, lo mínimo que se puede decir respecto a tal descripción es que destaca aspectos de la realidad eclesiástica que deben tomarse en cuenta al considerar los desafíos que las iglesias tienen que enfrentar en la primera década del siglo. ¿Cuáles son esos desafíos a la luz de la actual situación eclesiástica?



Tres desafíos prioritarios



El primer desafío es el de retornar a las Escrituras. Lo que hizo que la Reforma protestante del siglo XVI fuera un movimiento de transformación espiritual que logró afectar profundamente el panorama no solo religioso sino socioeconómico y político de Europa fue el retorno a las fuentes del cristianismo. Para los reformadores las Escrituras eran el instrumento por excelencia que el Espíritu de Dios usa para engendrar vida nueva en la persona y en la comunidad. Movidos por esa convicción, se dieron a la tarea de traducir las Escrituras al lenguaje del pueblo. Ese fue el origen de varias traducciones de la Biblia en ese siglo, incluyendo la Biblia del Oso (1569), que con el tiempo llegó a ser nuestra conocida Reina Valera.


La misma convicción, expresada sintéticamente en la consigna sola scriptura, llevó a los reformadores a dedicar mucho de su tiempo al estudio y la exposición de las Escrituras. A manera de ejemplo, basta mencionar que Juan Calvino, de quien muchos conocen solamente su famosa Institución de la religión cristiana, fue más que nada un gran predicador y la mayor parte de su obra literaria consistió en comentarios bíblicos, los cuales todavía en nuestro día se leen con provecho.


Hoy, como entonces, lo más valioso que la Iglesia puede ofrecer al mundo es la Palabra de Dios hecha carne en sus miembros. Por supuesto, esto no niega la necesidad de enseñar la Palabra haciendo uso de métodos más acordes con los tiempos. En ese sentido, indudablemente hace falta aprovechar la gran riqueza narrativa del texto bíblico para comunicar la verdad bíblica un poco según los cánones de la mentalidad «posmoderna», más inclinada a lo concreto que a lo abstracto. Lo que no es negociable es la centralidad de la Palabra en el ministerio de la Iglesia. Después de todo, ¿qué se puede esperar de una iglesia que no enseña la Palabra y cuyos miembros son, en su mayoría, «analfabetos bíblicos»?


El segundo desafío es el de formar discípulos. No hay ninguna garantía de que una iglesia pequeña cumpla más eficazmente que una grande la tarea de formar personas que reflejen la imagen de Jesucristo. El hecho es, sin embargo, que cuando se pone más énfasis en la cantidad que en la calidad de cristianos, la obra se desvirtúa y se corre el riesgo de caer en la superficialidad. ¡Algo anda mal cuando, a cuenta de crecer numéricamente, la iglesia pone a un lado las demandas del discipulado cristiano!


En este sentido, vienen bien las reflexiones de Dietrich Bonhoeffer sobre el problema que plantea lo que él llamaba la gracia barata, es decir, el énfasis en el amor perdonador de Dios sin el énfasis en el discipulado. «La gracia barata —decía él— es la predicación del perdón sin arrepentimiento, el bautismo sin disciplina eclesiástica, la eucaristía sin confesión de pecados, la absolución sin confesión personal. La gracia barata es la gracia sin seguimiento de Cristo, la gracia sin cruz, la gracia sin Jesucristo vivo y encarnado». ¡Demasiadas de nuestras iglesias están afectadas por la gracia barata! La única diferencia que hay entre sus miembros y la gente que no conoce a Dios es la que se da en términos de identidad religiosa, pero que no tiene consecuencias para la vida práctica, ni en las relaciones interpersonales, ni en lo moral, ni en lo social. Aquí cabe la afirmación de Jesús: «Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida. ¿cómo recobrará su sabor? Ya no sirve para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee”»(Mt 5.13).


El tercer desafío es el de proveer cuidado pastoral. Sobran los líderes que hacen del pastorado un medio de vida, a veces ostentoso, pero no se toman a pecho el acompañar a cada miembro en el proceso de maduración en Cristo. Así como en medicina el «médico de cabecera» ha sido desplazado por el médico técnico, en el pastorado el pastor que vela por las personas encomendadas a su cuidado ha sido desplazado por el pastor empresario. Se ha perdido el sentido de vocación de servicio que en el pasado caracterizaba a los que se dedicaban a este ministerio. Como me decía una señora, afligida por un profundo problema personal, hoy se hace más y más difícil contar con la «cura del alma» que los pastores solían ofrecer a los feligreses y que muchas veces superaba a lo que ofrecen los psicólogos. El trato se ha tornado impersonal y a veces incluso está condicionado por exigencias económicas. A los pastores que negocian con las necesidades de los feligreses les cabe el mismo juicio de Dios que Jeremías enuncia contra los pastores de Israel: «”¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan el rebaño de mis praderas”, afirma el Señor. Por eso, así dice el Señor, el Dios de Israel, a los pastores que apacientan a mi pueblo: “Ustedes han dispersado a mis ovejas; las han expulsado y no se han encargado de ellas. Pues bien, yo me encargaré de castigarlos a ustedes por sus malas acciones’”» (Jer 23.1, 2).



El gran desafío



Todo lo dicho hasta aquí puede dar la impresión de un lamentable olvido de los desafíos que el mundo plantea a la Iglesia y que están vinculados a la misión que esta tiene como «comunidad del Rey» en el mundo. Desde la perspectiva de la misión de la Iglesia, la lista de los desafíos que se podrían mencionar es interminable, más en un continente como el nuestro donde aumentan aceleradamente la violencia, la delincuencia, la corrupción y la pobreza, y donde la calidad de vida parece ir de mal en peor. Todos estos son síntomas de una profunda crisis de valores, una crisis que en el umbral del tercer milenio amenaza destruir por completo la base misma de la convivencia humana.


El no enfocar tales desafíos, sin embargo, no es un olvido. Se trata más bien, de poner énfasis en el gran desafío para la primera década del siglo XXI: que la Iglesia sea la Iglesia. En otras palabras, que la Iglesia sea una comunidad centrada en la Palabra de Dios, constituida por personas comprometidas de lleno con el trino Dios y pastoreadas por personas cuyo ministerio se ajuste al modelo del Hijo del hombre, quien «no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mr 10.45).



C. René Padilla, ecuatoriano con largos años de residencia en la Argentina, se doctoró en ciencias bíblicas por la Universidad de Manchester, Inglaterra. Fue por varios años Secretario General para América Latina de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos y Director de Ediciones Certeza y de la revista homónima. Actualmente se desempeña como presidente de la Fundación Kairo’s (con sede en Buenos Aires) y secretario de publicaciones de la Fraternidad Teológica Latinoamericana, de la cual es miembro fundador.



Apuntes Pastorales, Volumen XVII, número 2 / enero – marzo 2000

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