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Consejeria

Desde el corazón de una madre

15 julio, 2005456 visitas


Nota editorial: En el acompañamiento pastoral a mujeres siempre encontraremos a alguna que vive el dolor de no poder criar hijos y cuyo deseo más profundo es tenerlos. Si queremos ayudarlas a sanar, es necesario que nos sensibilicemos ante ellas y conozcamos el dolor, la aflicción, la amargura y muchos otros sentimientos que se han gestado en su corazón por esa ausencia. Por eso, queremos descubrir ante ustedes el corazón de una madre que nunca pudo amamantar a sus hijos. Liliana Reichel, durante muchos años intentó tener hijos, pero siempre los perdía. Finalmente, ella y su esposo adoptaron una pequeña, Priscila. Dios estaba haciendo su proceso de sanidad en ella, mas el año pasado (2002), en un asalto, fue asesinada, delante de su esposo y su pequeña hija. Hace unos meses el esposo, Germán, encontró entre sus pertenencias una carta escrita por ella. Un paso importante en su proceso de sanidad queda al descubierto (obsérvelo en el párrafo en itálica). Sigue la carta:





14 de agosto, 2001 


Queridos hijos,


No sé como empezar a decirles lo que siento después de tantos años… Sé que se encuentran bien en la presencia del Señor, aunque les confieso que me gustaría que estén conmigo. Quisiera poder abrazarlos, besarlos, compartir las cosas del «cole» y lo que les pasa diariamente, reírnos alrededor de la mesa, verlos jugar con papá, poder disfrutar juntos de la vida… Esto me tiene muy triste, ¡no puedo tenerlos conmigo! Muchas veces lloro y pienso en ustedes. Durante mucho tiempo guardé su ropa. El otro día decidí regalarla a unos bebes que van a nacer, que son muy pobres. Años esperé tener un bebe, …que Dios hiciera ese milagro. Guardaba la ilusión de poder tenerlos en mis brazos. Me hubiera gustado poder abrazarlos, mimarlos, darles besos, verlos crecer, sonreír, verles su hermoso rostro, lindos como papá. Prisci (Priscila) muchas veces me pregunta por ustedes y espera, aunque sea en el cielo, encontrarlos y abrazarlos. Aunque han pasado varios años, aún me duele mucho su pérdida.


Me siento impotente, fracasada, frustrada, muchas veces desesperanzada. Gracias a Dios que su papá es muy tierno y comprensivo; a pesar de como yo soy, me sigue amando. ¡Me hubiera gustado que lo conozcan! Es el mejor hombre del mundo, paciente, cariñoso, trabajador y un fiel servidor del Señor Jesús. También su esperanza es poder verlos en el cielo.


Me queda un agujerito en el corazón con cada una de sus partidas. Todos me son especiales, queridos, amados y deseados, pero hoy tengo que comprender que murieron; Llevarlos en el corazón como hasta el momento, me trajo mucha depresión, tristeza y otras cosas que no quisiera decirles (como cuán inútil e inservible me he sentido muchas veces). Pero tengo que dejarlos partir, enterrarlos para poder sanarme. No pueden imaginarse cuánto los quiero; nada hay que reemplace el lugar que ustedes dejarán. Priscila me alegra mucho el corazón. Es la hermanita que adoptamos. Milagros es la otra nena que queremos adoptar también, aunque las cosas se dificultan. Durante mucho tiempo quise saber y luché por saber cual fue la causa de sus muertes. Hasta ahora no tengo una respuesta concreta. No sé si el saberlo me hubiera gustado o ayudado. Pero llegó el momento de despedirnos, hasta que nos veamos, nos reconozcamos y nos podamos abrazar largamente y besarnos. No quiero, pero tengo que hacerlo. Las lágrimas nublan mi visión y se me anuda el corazón.


Nunca supe cuales eran sus sexos, pero les dimos nombres elegidos por nosotros que tenían un gran significado: Esteban, el primogénito, David, Débora, Janine y del más pequeño… todo fue tan rápido, confuso y con el temor del final predecible. La Palabra del Señor siempre me consoló. Mi oración fue que crecieran según la voluntad de Dios. Estoy triste porque no crecieron según mi voluntad. Debo aceptar la soberanía de Dios, aun en las cosas que me duelen. ¿Cómo decirles adiós? No sé, tengo ganas de gritar, llorar, patalear, pero no lo puedo hacer, ni siquiera tengo un cajoncito, una foto, un lugar en el cementerio para abrazar y llorar. Sé que están mejor que acá porque esa es la promesa de Dios.


¡Chau! Besos. Los quiero mucho, los amo.


Entonces… hasta el cielo, donde nos abrazaremos y conoceremos los motivos, las causas que hoy no sabemos. Los extraño muchísimo. Adiós, mamá Lili






Nos hemos sentido conmovidos por la profundidad de expresión que encontramos en este escrito y por el testimonio secreto del sufrimiento que Liliana llevó por muchos años en su corazón. Pero también damos gracias a Dios que tuvo la oportunidad de procesar su experiencia espiritualmente para luego volcarlo en esta carta tan especial. Muestra, con su ejemplo, un camino a seguir para todas aquellas que están sufriendo un calvario similar.



Sugerimos tener en cuenta, como mínimo, estos tres principios para ayudar a mujeres que sufren este problema:




  • No minimice, ni desestime la profundidad de la angustia que experimenta la mujer que no puede tener hijos.


  • Anímela a que realice su proceso de duelo por la muerte prenatal de sus hijos.


  • Anímela a buscar a un niño a quien pueda dar afecto maternal.


© Apuntes Mujer Líder, edición de junio – septiembre de 2003, Volumen I – Número 2

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