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Ministerio

Convicción

11 octubre, 2013Desarrollo Cristiano1861 visitas
Miqueas 16:1-4

En su relato de las tres tentaciones Lucas nos narra que «cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se alejó de El esperando un tiempo oportuno» (4.13). La confrontación en el desierto concluyó con la huida de Satanás y el servicio de ángeles al extenuado Hijo de Dios.Nuestro corazón engañoso puede llevarnos a disfrazar de espiritual lo que no es más que un deseo egoísta y que el Señor no bendecirá. No obstante, la frase del evangelista no deja duda que el enemigo simplemente se retiró con la idea de retomar la ofensiva en el momento que considerara más propicio para sus propósitos. Uno de los incidentes más notables que continúan estos ataques contra Jesús es la súplica de Pedro para que Cristo desista del camino que indefectiblemente terminaba en la cruz (Mt 16.23). En este incidente el diablo utiliza los sentimientos errados del discípulo para su propósito. En esa ocasión Jesús reprendió duramente a su amigo, pues se había prestado para ser instrumento del enemigo.

No todos los ataques que el enemigo realizó contra el Hijo de Dios son tan fáciles de distinguir. No obstante, el pasaje de hoy nos ofrece otra muestra de una propuesta muy similar a la que el diablo presentó en la primera tentación en el desierto. En esta oportunidad, «los fariseos y los saduceos se acercaron a Jesús, y para ponerlo a prueba le pidieron que les mostrara una señal del cielo». Al menos tres elementos son notorios en esta situación.

En primer lugar, llama la atención la frase: «se acercaron a Jesús». Presuponemos que todo acercamiento a la persona del Señor es beneficioso. El incidente revela, no obstante, que no toda aproximación a su persona es producto de un corazón con hambre y sed por los asuntos de Dios.

Nuestro corazón engañoso puede llevarnos a disfrazar de espiritual lo que no es más que un deseo egoísta y que el Señor no bendecirá. Solamente el Espíritu puede ayudarnos a separar lo puro de lo impuro.

En segundo lugar, observamos que la intención en estas instancias era abiertamente perversa, pues deseaban ponerlo a prueba, lo que revela que el mismo Satanás impulsaba esta confrontación. Jesús inmediatamente percibió los motivos que sustentaban el inocente pedido de una señal y no accedió. Su respuesta no deja dudas de que el Señor siempre responde a lo que dice nuestro corazón, no a lo que pronuncian nuestros labios. Es precisamente por esto que la oración no depende de la abundancia de palabras, sino de la intensidad de nuestro deseo por él.

En tercer lugar, el deseo de una señal le ha seducido siempre al pueblo de Dios. Creemos que nuestra fe sería más robusta si tuviéramos más manifestaciones tangibles del Señor. Con este argumento, señala el autor Phillip Yancey, el pueblo que pasó por el desierto debería haber sido el más ejemplar en lo que a asuntos de fe respecta. No obstante, en pocas ocasiones se ha visto un pueblo tan rebelde y duro de corazón. La razón es que la fe no descansa sobre las señales externas, sino en una convicción interna del corazón.

COMENTE:

Jesús le habló a los fariseos sobre las señales de los tiempos. ¿por qué lo mencionó en este contexto? ¿qué características se necesitan para conocer las señales del tiempo?

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