Desafío
¡Cómo deben haber sorprendido a la multitud estas palabras de Cristo! «Por tanto, os digo que si vuestra justicia no fuera mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.» ¿Acaso estaría aludiendo a una vida de dimensiones aun más estrictas y severas que la que vivían los más devotos representantes de la piedad en Israel? Simplemente no era posible seguirle agregando requisitos a la interminable lista de reglamentos que regían cada aspecto de la vida de los fariseos y escribas.
Es que Cristo no se estaba refiriendo a mayor devoción, sino a mayor precisión en la práctica de la vida espiritual. Es decir, el llamado que estaba realizando era que las personas abandonaran una religión que se concentraba exclusivamente en lo externo, para comenzar a trabajar sobre los aspectos escondidos y secretos de la vida.
Confiados de que el pecado consistía en el acto puntual de adulterar, matar o vengarse, Cristo obligó a las personas a considerar el lugar donde se gestan tales acciones, en lo secreto del corazón. Combatir lo externo sin procurar un cambio de actitud resultaba tan vano como querer detener un río con las manos. Una módica cuota de dominio propio serviría para no llegar a la consumación del pecado; más lo perverso de los pensamientos seguiría intacto, y esto resultaba tan ofensivo a Dios como el acto en sí.
No obstante debe quedar claro, por el contenido de las Palabras de Cristo, que él no estaba anunciando un cambio en la manera de ver la vida espiritual. Más bien estaba revelando la correcta interpretación de la ley, la cual había sido parte de la vida de los israelitas durante casi 2.000 años. Los hombres, siempre adeptos a buscar el camino más fácil y seguro, habían escogido concentrarse exclusivamente en los aspectos externos y visibles de la ley. En las palabras de la ley, sin embargo, estaba revelado el corazón de Dios y era este espíritu que las inspiró el que debía iluminar el paso de los israelitas por el mundo.
Por esta razón, Cristo afirmaba que no iba a ser quitada ni una tilde de la palabra, pues la misma no se había tornado obsoleta ni innecesaria. Al contrario, seguía teniendo tanta vigencia como siempre, pero la perversión de los hombres había convertido su contenido en preceptos inalcanzables para la mayoría del pueblo.
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