Eje central
No debemos olvidar que uno de los primeros grandes conflictos que se instaló en la Iglesia fue el lugar que podrían ocupar en ella los gentiles. El rechazo absoluto del sistema religioso judío hacia ellos estaba fuertemente instalada en la cultura de Israel. Al ser los primeros discípulos, en su mayoría, de origen judío, no ha de sorprendernos que rápidamente se manifestara un debate acerca de darle o no participación a los gentiles en la nueva comunidad.
La preocupación del autor de la epístola es demostrar que Dios ha iniciado algo nuevo, en Jesús, que sustituye la religión que había gobernado la vida de Israel durante milenios. Mediante una serie de hábiles argumentos demuestra, una y otra vez, que Cristo es superior a la ley recibida por medio de Moisés.
Este punto era fundamental para resolver uno de los dilemas que afrontaba la Iglesia, que era entender de qué manera los principios del Reino desplazaban los complejos reglamentos elaborados por aquellos defensores de la pureza judía, los fariseos. Recomiendo la lectura de este texto, en el que la figura central es Melquisedec, en una de las versiones modernas, tal como la Nueva Traducción Viviente o La Palabra de Dios para Todos. Estas traducciones ayudan a seguir con mayor claridad el argumento que desarrolla el autor.
Toda la estructura de la religión judía descansaba sobre la ley entregada a Moisés. Entre las tareas que se le encomendaron se encuentra la designación de la tribu de Leví para las funciones sacerdotales. El resto del pueblo, reconociendo la importancia de este llamado, debía pagarles a ellos el diezmo de su producción. No obstante, el padre de la nación de Israel, Abraham, pagó diezmos a otro que reconoció como mayor que él mismo.
Se trata de Melquisedec, una de esas figuras sobre las que las Escrituras revelan muy poquito. Solamente se lo menciona en tres lugares (Génesis 14, Salmos 110, y la epístola de Hebreos). Los detalles de su vida no son importantes, sino el hecho de que bendijo a Abraham y el patriarca le pagó los diezmos. Las dos acciones suponen que Melquisedec era superior a Abraham, echando por tierra la convicción de que la ley de Moisés era la suprema manifestación de Dios para los hombres. El Reino que anuncia Cristo no guarda ninguna similitud con los sistemas religiosos de este mundo.
El autor de la epístola entiende que la declaración del Salmo 110.4 «… Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec» está dirigida al Mesías. De esta manera desea aclarar, una vez más, por qué resulta tan importante escuchar a Jesús, examinar con cuidado su persona y acercarse con confianza a él como Sumo Sacerdote. Jesús es el eje central de la fe, pero nuestra vida espiritual no puede despegar si no existe en nuestros corazones una convicción de que fuera de él no encontraremos una alternativa mejor para una vida plena. Debemos, como Bartimeo, aferrarnos a la certeza de que él, y solamente él, tiene lo que estamos buscando.
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