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Biblia

Entrada VIP

15 abril, 2014Desarrollo Cristiano3360 visitas
Hebreos 10:19-21

Al no haber, nosotros, participado alguna vez de la ceremonia en que el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo a favor del pueblo, el dramatismo de la declaración del texto de hoy no nos impacta de la misma manera.

La elaborada ceremonia para que el Sumo Sacerdote pudiera llevar adelante esta acción se realizaba con una meticulosa atención a las instrucciones recibidas. Solamente podía entrar una vez por año, en el Día de Expiación. Ese era un día solemne para todo el pueblo, en que se debía ayunar para presentarse ante el Señor con un corazón humillado.

El Sumo Sacerdote escogía uno de dos machos cabríos, el cual sacrificaba para hacer expiación por sus propios pecados y los del pueblo. Entraba al Lugar Santo rociando el camino por el que transitaba con la sangre. Vestía el magnífico atuendo que correspondía a su oficio, pero una vez dentro del Lugar Santo se lo quitaba, para entrar al Lugar Santísimo solamente con sus vestiduras de lino.

Una gruesa cortina separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo. Detrás de la cortina no había luz alguna. El recinto, construido en forma de cubo, contenía el arca del pacto, cubierto por el propiciatorio. Una vez que el Sumo Sacerdote entraba, rociaba siete veces el propiciatorio para expiar los pecados propios y luego los del pueblo. Cuando terminaba esta ceremonia salía y volvía a vestirse con su ropaje sacerdotal, para luego aparecer delante de todo el pueblo.

La santidad asociada con el arca se percibe en una historia de otro período. Durante el reinado de David, él decidió traer a Jerusalén el arca. Por el camino los bueyes que tiraban del carro tropezaron y uno de los que lo custodiaban, Uza, extendió la mano para evitar que el arca se cayera. La ira del Señor se manifestó inmediatamente y lo mató, «… por su irreverencia…» (2 Samuel 6.7 -NBLH).

Esta es una de las razones por la que se le ataba una cuerda al Sumo Sacerdote cuando entraba al Lugar Santísimo. La intensidad de la experiencia podía poner, literalmente, en riesgo su vida. No obstante, ninguna persona podía entrar a rescatarlo. La única forma era sacando el cuerpo por medio de la cuerda. El pueblo de Israel entendía cuán inaccesible era el Lugar Santísimo para ellos.
El pueblo observaba este rito desde afuera, y tenía plena consciencia de lo inaccesible que era, para ellos, el Lugar Santísimo. Confiaban que el Sacerdote, que entraba por ellos, lograra el perdón que ellos no podían solicitar personalmente.

Qué mensaje tan dramático contiene, entonces, el velo que se rasga en la muerte del Mesías. Y cuán radical debe haber sido, para estos judíos, escuchar que un camino cerrado al pueblo ahora estaba abierto para todo el que quería transitarlo. No hacía falta que otro los representara. Ahora ellos podían entrar a la presencia del Altísimo personalmente, recorriendo el camino que Cristo había rociado con su propia sangre. Este es el mensaje de salvación proclamado en términos que podían entender los judíos. Pero ese privilegio también nos ha sido concedido a nosotros. Ya no está restringido a una fecha del año. Podemos entrar y salir cuántas veces queramos, porque el camino ha sido abierto para siempre.

 

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