Evidencias del Reino
Cristo ha echado por tierra la acusación de los fariseos, demostrando, sencillamente, cuán poca lógica tiene el argumento de ellos. A esta primera respuesta le añade una segunda observación: «Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios, pues ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata? Entonces podrá saquear su casa.»
Las palabras de Jesús claramente revelan que llevaba adelante su ministerio en el poder del Espíritu. Las sanidades, liberaciones y transformaciones no eran el resultado de alguna metodología ministerial desarrollada por él mismo. En el evangelio de Juan Jesús testifica una y otra vez de esta realidad. Habló de «las obras que el Padre me dio para que cumpliera» (Jn 5.36), declarando que las «obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí» (Jn 10.25). Lanzó, también, un desafío a todos los que estaban con él: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis. Pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y creáis que el Padre está en mí y yo en el Padre.» (Jn. 10.37-38).
Jesús asoció el mover de Dios con la llegada del reino, apelando a un argumento similar al que utilizó con los enviados de Juan el Bautista, cuando este se encontraba preso. Cristo había proclamado, al iniciar su ministerio, que había sido ungido precisamente para realizar la clase de obra que ellos acababan de ver: la sanidad de un ciego que también era mudo.
Este mismo principio es el que enuncia Pablo en la primera carta de Corintios: «el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder» (4.20). Por esta razón el apóstol construyó su ministerio sobre parámetros muy diferentes a los que predominan en la iglesia de hoy. Declara: «ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder» (1Co 2.4). Nuestra misión, como iglesia, consiste en mucho más que hablar de las cosas de Dios. La evidencia incontrovertible de la presencia del reino es que las vidas de las personas están siendo dramáticamente afectadas por una intervención divina. Esta transformación solamente es posible cuando se haya «atado al hombre fuerte», lo que nos da una clara indicación de que debemos combatir al verdadero enemigo si es que vamos a avanzar en los proyectos de Dios.
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